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miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Nuevo Ocio Es Creativo

Artículo de el diario El País, para el que fue consultado Miguel Ángel Ruiz González


Para los que no se conforman con que sus hijos pasen el fin de semana ante la televisión o la videoconsola, la oferta de cursos con contenidos artísticos y culturales llegan al rescate.


Hay niños que los fines de semana juegan con arena, cubo y pala; otros que pasan la tarde en el centro comercial, entre bolsas de palomitas, cine y bolera; también están los que se desahogan en una piscina de bolas, los que recorren el carril bici de los parques urbanos o los que trotan al ritmo de sus padres en rutas de senderismo. Pero también hay niños cuya agenda de ocio parece diseñada para que forme parte de su futuro currículo profesional: talleres, cursos, seminarios, exposiciones y todo tipo de quehaceres encaminados a dotar de contenido artístico o cultural su tiempo de juego.

La oferta de actividades dirigidas a ellos se ha diversificado en los últimos años hasta límites insospechados. Una vez superada la tartera bajo los pinos del tradicional plan dominguero, los padres comenzaron a demandar otras posibilidades y fueron surgiendo propuestas de ocio infantil cada vez más sofisticadas: de las películas Disney a talleres de cine mudo para niños –se han hecho en la Mostra de Cinema Periférico de A Coruña, en el Musac de León y en el Centro Conde Duque de Madrid–; del circo tradicional a los espectáculos y talleres llenos de luz y sombra que propone Teatres de la Llum (www.teatresdelallum.com); de las marionetas en el Retiro a talleres multidisciplinares de teatro, danza y performance, como los realizados en el centro cultural La Regenta de Las Palmas de Gran Canaria (www.laregenta.org).

Tres son las palabras talismán de muchas de estas propuestas: taller, creatividad e imaginación. Un par de ejemplos: en Barcelona, The Private Space Kids (www.theprivatespacebcn.com) se define como un espacio que, «a través de actividades y talleres, fomenta la imaginación trasladándola a distintos soportes, de manera que los niños pueden dar salida a todo un proceso de creación y ver cómo sus ideas pueden materializarse». En Madrid, Muakbabi (www.muakbabi.com) realiza talleres infantiles de creatividad y diseño «para potenciar las habilidades creativas de niños y niñas, usando el diseño como vehículo de transmisión de valores artísticos y de procesos creativos de pensamiento».

ncluso las fiestas de cumpleaños llegan a envolverse en este planteamiento, como los talleres creativos de yoga, teatro, danza, fotografía o manualidades que propone Villa Peluka (www.villapeluka.com), los de Little Big Kids (www.littlebigkids.es), en los que se imparten talleres como La vuelta al mundo for kids, Arte for kids, El Antiguo Egipto for kids, o los que proponen los espacios Baby Deli –una de sus socias fundadoras es Carolina Herrera– en los que «la ecología y el respeto por el medio ambiente en todo lo relacionado con los niños son sus pilares básicos».

Las propuestas son casi infinitas y muchas de ellas nos dibujan un panorama de padres preocupados no solo por entretener a sus hijos, sino por conseguir que ese entretenimiento, además, sea rico culturalmente o potencie sus capacidades. Y esto puede entrañar sus riesgos, como señala la psicóloga Pilar Valera, autora del libro Timida-mente, quien parte de una premisa: «El hecho de que unos padres se interesen por buscar actividades para compartir con sus hijos es un excelente punto de partida, pues la unión de los niños dentro de la familia, especialmente en los primeros años, es esencial. Ahora bien, la educación en esa etapa no se traduce necesariamente en adquirir conocimientos, sino en modos de aprender a vivir: se puede aprender haciendo origami o con cine de autor, sí, pero también con una película de dibujos o amasando rosquillas en casa mientras hablas con ellos».

Los árboles no crecen tirando de las hojas es el título de una obra del psicólogo y pedagogo Miguel Hoffmann, y a esta metáfora se acoge Joan Domènech, director de la Escuela Fructuòs Gelabert, cuando explica que «cualquier aprendizaje antes de tiempo y en un contexto artificial puede contentar a los padres en un primer momento, pero también puede dar problemas en el futuro, pues propicia que el niño se salte alguna fase en su desarrollo». Domènech, autor de La educación lenta, sugiere «sustituir la idea tradicional de que “el niño aprende jugando” por otra más potente, la de que “el niño que no juega no aprende”. Los pequeños necesitan tiempo para ellos y para jugar libremente, sin actividades dirigidas por mayores, para adquirir aprendizajes que les van a ser necesarios en la vida. A veces confundimos las cosas y les damos juegos didácticos en demasía, cuando a lo mejor lo que necesitan es cubo, pala y arena. Sin más».

A veces, advierten los expertos, en esta búsqueda de actividades un tanto elitistas corremos el riesgo de dejarnos llevar por el esnobismo y subestimar los juegos más simples, por considerarlos poco educativos, poco enriquecedores. «No es conveniente que los padres identifiquen sus inquietudes culturales o intereses particulares con los de sus hijos, ni que piensen que son monigotes capaces de absorber todo. Recordemos que los pequeños no saben expresar bien sus emociones y, a lo mejor, les estamos dando mucha tralla», señala Pilar Varela. El psicólogo Miguel Ángel Ruiz señala que, a la hora de escoger actividades, «hay que dejarles elegir, contar con ellos, escucharles. Si les ofrecemos algo muy denso, que sea propio de su edad, que haya otros niños y, en la medida de lo posible, participen con ellos. Si vemos que el crío disfruta, adelante; si se aburre, dejémoslo. Y tenemos que tener en cuenta la edad: no es lo mismo los cuatro años que los nueve».

El «una de cal y una de arena» es lo que sugiere Miguel Ángel Ruiz, quien explica que «no hay por qué rehuir actividades culturales, pero tampoco hay por qué demonizar las películas de Disney. Lo importante es recordar que el niño debe tener un espacio de expansión propio». Por último, Joan Doménech propone que «nos relajemos con nuestros hijos, juguemos con ellos, paseemos y no les dejemos a solas con su juguete tecnológico. Y es esencial que jueguen con sus amigos sin que estemos los adultos detrás dirigiéndoles y organizándoles su diversión».



miércoles, 28 de noviembre de 2012

El día que me convertí en mi padre


Artículo de ElConfidencial.com en el que participó Miguel Ángel Ruiz González

A todo adulto le ocurre tarde o temprano. Un buen día, colmada su paciencia, se descubre regañando acaloradamente a su hijo a través de unas palabras que le resultan familiares, aunque en un primer momento no consiga ubicarlas del todo. Comienza a preguntarse dónde las ha oído antes. Y entonces, se da cuenta: acaba de pronunciar las mismas palabras que su padre le dedicó en el pasado, aquellas que tanto detestaba y que se prometió que nunca utilizaría. De entre todas estas expresiones, probablemente la más repetida sea aquella de "cuando seas mayor entenderás lo que he hecho por ti". Y, efectivamente, es en el momento en que entramos de lleno en la edad adulta y hemos de afrontar nuestras responsabilidades paternales cuando comenzamos a comprender y reproducir, muchas veces involuntariamente, aquellas actitudes de nuestros progenitores que en su día consideramos inadecuadas, inútiles o anticuadas. Coks Feenstra, psicóloga infantil y autora de El Gran Libro de los GemelosEl hijo superdotado, (Ediciones Médici) y ¿Por qué llora mi bebé?(Temas de Hoy), coincide: "todos los padres perciben que, a la hora de educar, les vienen las frases que escucharon de niños, ¡y que seguramente se habían propuesto no repetir nunca!"

Es el final de un proceso que se ha ido anunciando inadvertidamente. La primera señal suele ser biológica, cuando confrontados con la imagen que nos devuelve nuestro espejo, vemos una buena mañana asomar rasgos bien familiares. El siguiente paso es de la toma de conciencia psicológica, algo que se produce cuando reparamos en que muchas de nuestras pequeñas manías lo fueron antes de nuestros progenitores o cuando alguien cercano nos señala que esos comportamientos que entendíamos propios de nuestro carácter no son más que imitaciones de otros que vimos en nuestros padres.

Resulta inherente a la juventud rechazar gran parte de aquello que nos ha sido enseñado a través de la tradición y las instituciones. Y, por la cercanía personal y distancia generacional, probablemente la figura paterna/materna sea la que suscite mayores críticas. Todo hijo se propone hacerlo mejor que ellos y no caer en los mismos errores, un rechazo que es parte del proceso natural de conformación de la identidad. Joseph Campbell señala, en El héroe de las mil caras, que una parte esencial del viaje del héroe mítico es el enfrentamiento final con el padre, para ocupar finalmente el lugar de éste. Es decir, convertirse él en aquello que se rechazaba.  Quizá sea el mito de Edipo el que haya articulado de forma más clara esta idea: Edipo está destinado a ocupar el lugar de su padre tarde o temprano y convertirse así en el rey de Tebas. El mito detalla cómo, por mucho que lo intente, le será imposible escapar de este sino prefijado.

Mejores que nuestros padres

Es en la educación de nuestros hijos donde esta situación probablemente se manifieste de forma más explícita. Feenstra apunta que se trata de algo esperable, "es el modelo que nos quedó grabado en su memoria y con el que nos sentimos familiarizados". Dado que la paternidad es un proceso que se aprende sobre la marcha, recurrimos a la experiencia a la hora de afrontar nuevas tareas. El psicólogo Miguel Ángel Ruiz González coincide en que se tienden a repetir los modelos educacionales de los padres, pero al mismo tiempo añade que "en ocasiones se da una reacción absolutamente inversa. Precisamente por haber sufrido a un padre agresivo, muchas personas nunca se han atrevido a poner la mano encima a sus hijos. Otro ejemplo sería el de quienes crecieron con padres ausentes, que luego han estado extraordinariamente presentes en la educación de sus hijos, llegando incluso a sobreprotegerles".

Stephan B. Poulter identifica en su ensayo Father Your Son lo que denominael patrón de las tres generaciones, una estructura que pone en relación a padres, hijos y nietos a través de la repetición de comportamientos educativos. Dice Poulter que parte del legado más importante que trasladamos a nuestros retoños es la forma en que los hemos criado. La influencia enorme que los padres procuran no tiene tanto que ver con una determinista herencia genética como con un proceso de aprendizaje en una época tan crítica como es la infancia, cuando la identidad que procura la familia es un factor básico, lo que provoca que, generación tras generación, determinadas actuaciones acaben repitiéndose.

Sin embargo, esto no implica que haya que adoptar una visión fatalista ante la influencia que hemos recibido. Es importante entender que en este asunto no hay determinismo, que si tomamos consciencia de los errores no estamos abocados a repetirlos, que es en nuestra capacidad de poder decidir lo que queremos donde reside nuestro rol más importante como padres. Deberíamos plantearnos la paternidad más como un proceso de perfeccionamiento inacabable e intergeneracional que como el rechazo o sumisión absoluta a lo recibido. Transmitir una herencia educativa mejor que la que nos ha sido aportada es un gran triunfo, máxime si contribuimos a que nuestros descendientes continúen esta cadena de forma que posteriores generaciones puedan contar con una educación sentimental y afectiva más sólida que la que nosotros tuvimos.

Feenstra apunta que esa es una prueba de autosuperación. “Aunque no sea imposible, tampoco es fácil mejorar lo recibido. Y hemos de ser conscientes de que en esa tarea cometeremos errores que nuestros hijos se verán obligados a enmendar. Es la rueda de la vida". Miguel Ángel Ruiz coincide con esa perspectiva, señalando que "cuando los hijos crecen de forma sana, acabarán por reconocer y por perdonar las equivocaciones que cometieron sus padres. Esa, que es la mejor manera de madurar, es también la mejor forma para evitar que se repitan”.

El abuelo encantador

El adulto se enfrenta a un problema añadido dentro de esta irremisible transformación, ya que un proceso paralelo está teniendo lugar; mientras el tiempo le va acercando física y mentalmente a sus progenitores, éstos están convirtiéndose en figuras totalmente distintas de aquellas que conocieron en la infancia y juventud. En muchos casos, aquel hombre que se comportaba como un intransigente déspota pasa a convertirse en un tierno abuelo que consiente todos los caprichos. Debido a que la responsabilidad primera de la crianza no recae sobre él, puede abordar la relación con su nieto desde una perspectiva muy diferente a la que mantuvo con su hijo, algo que a éste no deja de resultarle llamativo (y en ocasiones incluso molesto). Pero estas situaciones deben ser percibidas también como escenarios de reconciliación con aquel padre al que en su día no conseguimos entender o al que veíamos como manifiestamente irracional por poner trabas a nuestra libertad. Cuando hemos de asumir obligaciones paternas, las tornas se giran y  comenzamos a entender por qué se comportaban así y hasta qué punto aquellos límites eran necesarios. Según Feenstra, "convertirse en padres suele significar el comienzo de una nueva relación. Ahora los hijos entienden mejor lo que vivieron, ya que sienten en carne propia lo que es la preocupación, el miedo y la vulnerabilidad que implican la crianza, y gracias a ello, la vida de muchas familias se vuelve mucho más armoniosa. Además, ahora tienen algo en común: el amor al hijo, al nieto".

El escritor americano Mark Twain, en una de sus más celebres sentencias, resumía con su característico sentido del humor este proceso de relevo generacional al señalar que "cuando tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarlo. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años". Si nuestros retoños no nos parecen comprender, no temamos: llegará el día en que crezcan y que ellos mismos se conviertan en padres, y la rueda habrá dado una vuelta completa una vez más.ç


jueves, 20 de septiembre de 2012

POTOMANÍA

VIDEO: POTOMANÍA - Miguel Ángel Ruiz González (EITB)
Miguel Ángel Ruiz González, Psicólogo nos habla en Euskadi Directo (EITB), de la Potomanía, un trastorno de la conducta alimentaria no especificado que se caracteriza porque el individuo que lo padece toma agua o líquidos de manera compulsiva.


jueves, 23 de agosto de 2012

ALGUNAS CONDICIONES PARA SER FELIZ

Son muchas las especies animales, que además de la herencia genética, precisan de otras condiciones para ser ejemplares claramente representativos de su especie, es decir, por ejemplo un leopardo africano que no supiese cazar no sería un adecuado representante de su especie. Para ello necesitará una madre que le proteja, cuide, sirva de modelo y le enseñe los trucos necesarios para una caza exitosa, asimismo precisará de un entorno adecuado, para el cual está dotado y no podrá sobrevivir por ejemplo en el Polo Norte. Con el ser humano sucede lo mismo, no serán adecuados representantes de la especie humana los niños salvajes, ya que ellos carecen de lenguaje y otras habilidades que nos caracterizan, por ello, si pretendemos un humano adulto sano, equilibrado, adaptado y feliz, también harán falta unas condiciones mínimas que le permitan un sano desarrollo físico y psicológico. Sin una adecuada alimentación, su desarrollo físico no será el deseable, si no toma leche adecuada y suficiente en sus primeras etapas, sus huesos serán quebradizos y su desarrollo insuficiente. Pero ¿qué otras cosas precisará el ser humano para alcanzar una madurez adecuada? Al decir adecuada, quisiera referirme tanto al desarrollo físico como psicológico, que le lleven a unas actitudes y formas de pensar que le proporcionen equilibrio y felicidad.

 El ser humano persigue el bienestar, desde siempre ha perseguido la satisfacción interior, eso que denominamos felicidad y a esas condiciones mínimas que el recién nacido ha de tener en los primeros años de vida para alcanzar una madurez feliz, así como para proporcionarle la mejor capacidad de adaptación a las vicisitudes de la vida, son a las que aquí nos vamos a referir. 

La primera condición –como ya hemos dicho más arriba- será una alimentación adecuada, normalmente la leche materna. Una segunda condición es el cariño, la caricia, la voz, el contacto físico. Hoy sabemos que los niños prematuros que son sacados un par de horas a diario de la incubadora, para permanecer en brazos de las madres, oír su voz y sentir el contacto físico a través de la piel, tienen un mayor y más saludable crecimiento que aquellos que son adecuadamente alimentados, pero no sacados apenas de las incubadoras. Una tercera condición, para un sano desarrollo, es un entorno protector, sereno, relajado, en el cual el niño crezca sintiéndose protegido en su indefensión, que en los primeros años es casi total. Una cuarta, en relación con la anterior, es la percepción del afecto entre los padres, del respeto mutuo, del amor que se profesan y del cual el niño es consecuencia, esto también proporcionará la confianza, la seguridad necesaria para un desarrollo armónico. Una quinta será el poder interactuar con el entorno, investigarlo, e incluso equivocándose, pero siendo corregido con respeto. Una sexta será tener la oportunidad, sobre todo a partir de los tres, cuatro años, de interactuar con otros niños y tener así un acceso a la socialización. Una séptima y quizá la más importante, será el amor incondicional. Cuántas veces los padres cometen el error de supeditar el amor a la conducta del niño, “si no haces esto mamá no te quiere”, o se dan reacciones fuertes y rechazo afectivo por parte de éstos, ante las conductas no deseadas de los hijos, con lo que no hacer las cosas bien, puede significar que no va ser amado, o así será interpretado por el niño, esto inhibirá la experimentación con el entorno, limitando la experiencia, generará miedo al fracaso y la consiguiente angustia, por tanto el amor incondicional sentido por el niño, resultará condición elemental para un sano desarrollo humano. 

Estas y algunas otras condiciones serán necesarias para que se establezca una base sólida sobre la que desarrollar una óptima adaptación. No significa que de no ser satisfechas ya no habrá nada que hacer, pues posteriores experiencias, por ejemplo una psicoterapia, podrán modificar determinados estados patológicos, pero no todos. Consideramos que muchas de las neurosis y también algunas psicosis pueden tener su origen en la ausencia de algunas o varias condiciones de la referidas más arriba.

De adultos nos relacionamos con el mundo según la imagen que tenemos de nosotros mismos y ésta la forjamos en función de los resultados de nuestra interacción con el mundo, sin embargo, esta interacción con el mundo está condicionada por la idea que nos hemos forjado de nosotros mismos previamente, en la relación con las personas que nos han atendido en los primeros años de vida, normalmente los padres. Es decir si un niño siente que responde a lo que sus padres esperan de él, es muy probable que confíe en sí mismo y ose afrontar con seguridad y confianza aquellas actividades en las que recibió de sus padres  la confianza de poder, de ser capaz y por tanto llevarlas a término con éxito, lo que redundará aún más en su autoconfianza y autoestima, que a su vez le dejará en buenas condiciones para afrontar nuevas situaciones con confianza, desarrollándose más y más seguro de sí mismo. Es por ello por lo que son tan importantes los primeros años de vida en el desarrollo de la personalidad.

La neurosis la definimos coloquialmente como una patología en la que se da un sufrimiento desproporcionado, exagerado que no responde a la lógica. Son ejemplo de neurosis las fobias, como temor exagerado a montar en ascensor, avión o coche; creer tener una enfermedad o muchas que no se tienen, y que el criterio médico no tranquiliza, o lo hace por un breve espacio de tiempo, sería el caso del hipocondríaco; estados paranoides, pensar que hablan de uno o que traman algo contra uno, de forma obsesiva y sin ninguna lógica; trastornos obsesivos compulsivos como tener que contar cosas, lavarse repetidamente las manos por el temor a contaminarse; no atreverse, o sufrir por tener que hablar en una reunión de vecinos, o tener que levantarse e irse de un cursillo, o simplemente sufrir por tener que preguntar algo, o dirigirse a alguien, etc. Todos estos trastornos, salvo cuando son consecuencia de una experiencia traumática clara, suelen tener que ver con la insatisfacción de algunas de las condiciones necesarias para un sano desarrollo psicológico, expuestas más arriba.

Si imaginamos un niño que desarrolla un autoconcepto sano, difícilmente, en condiciones normales, va a vivir preocupado por la imagen que da, o qué pensarán de él, o si hará el ridículo, etc., en cambio si imaginamos a un niño en el que la educación ha sido llevada a cabo con crítica negativa, con gritos o con agresiones también físicas, fácilmente comprenderemos que de mayor tenga tendencia a estar preocupado por la imagen que da, dude de sus capacidades, tenga tendencia a querer controlarlo todo, incluido lo que de él piensan y ya tendremos con toda probabilidad un mayor o menor grado de neurosis.

Lo peor del caso es que cuando uno no ha satisfecho alguna de esas condiciones, imaginemos que no ha sido adecuadamente tratado, por ejemplo ha sido excesivamente criticado, maltratado y no lo ha corregido, es probable que se haga adulto pendiente de la imagen que da y tratará de adaptar sus actos de modo que dé la mejor imagen posible con el fin de ser aceptado o no rechazado, haciéndose dependiente del otro para el propio bienestar, es decir tratará de encontrar, en la valoración de los otros, la autoestima, cosa normal en la niñez, en la que el niño tenderá a pensar que vale si el adulto, en especial el padre y la madre, le valoran, pero no en la adultez, donde la valoración ajena ha de ser posterior a la propia, a la personal. Solamente cuando la actitud del adulto satisface al propio adulto, cuando actúa sin depender del criterio ajeno y consigue que sus relaciones fluyan, solamente ahí se estará dando el proceso terapéutico, es decir estará modificando el autoconcepto negativo instaurado y saliendo de la neurosis. Y es que cuando se actúa para los demás, es decir para que los otros tengan una buena imagen de uno, nunca se va poder tener la certeza del propio valor, ya que siempre cabrá la duda de que puedo ser valorado por algún tipo de interés  y no por el propio valor. Además la vida nos enseña que podemos portarnos mal, pero como estamos con una persona excelente, nos perdona, entiende y responde favorablemente, y a veces es al revés, nos portamos bien con alguien, pero como tiene mal día o no es tan excelente, nos responde mal. Es por ello por lo que no podemos corregir nuestra neurosis en función de la valoración ajena de nuestros actos, sino de que nuestras relaciones fluyan positivamente como consecuencia de exigirnos a nosotros mismos eso que esperamos de los demás, comprensión, empatía, generosidad, perdón, tolerancia, respeto…, en una palabra, amor, hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Suelo decir que hay dos tipos de amor, aunque ambos egoístas, uno sería sano y otro no tanto, el no tanto, se da cuando amo para ser amado, y el sano, cuando amo porque me satisface amar. En una entrevista de Jesús Quintero a Alejandro Jodorowsky, le preguntaba acerca del amor, le pedía que le dijera qué era para él el amor y Jodorowsky le contestó que ahora que tenía 80 años lo había comprendido, le dijo que lo pasaba tan bien amando, que le daba igual que no le quisieran, tal vez se olvidó decir que, además, precisamente ahora que no buscaba ser amado era probablemente cuando más lo era. 

Para terminar me gustaría remarcar la idea de que el proceso terapéutico es más firme, rápido y provechoso, cuando la persona se centra en la realización de las actividades terapéuticas pertinentes, sin turbarse por posibles juicios ajenos, sino centrado en la satisfacción personal, cuando deja de ser turbado por el posible juicio del otro y se mueve por lo que íntimamente considera positivo.  

Suelo decir a mis clientes que en esta vida vale todo, se puede hacer todo lo que a uno le dé la gana, menos hacer daño a los demás y a uno mismo y sobre lo que es dañino, hay que escucharse a uno mismo. Como dice Manuel J. Smith en su magnífico libro Cuando digo no, me siento culpable, “yo soy mi primer y último juez”.

Miguel Ángel Ruiz González

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martes, 19 de junio de 2012

HIPOCONDRÍA

El término hipocondría hace referencia a una parte del cuerpo, concretamente, a la zona debajo de las costillas y del cartílago xifoides, en la que según Galeno, se encontraba la bilis negra, considerada en la teoría de los humores como la causante de la melancolía. Actualmente entendemos el término como una preocupación excesiva por la propia salud, reconociendo dos de las características de aquella definición: la "preferencia" por síntomas abdominales o gastrointestinales en los pacientes hipocondríacos y la frecuente asociación de esta condición con depresión, o por lo menos con un tono de ánimo bajo.

Los criterios para el diagnóstico se caracterizan por una existencia de síntomas físicos, por un temor a la enfermedad y una reacción de alarma ante cualquier posible signo indicativo de enfermedad, por una convicción de enfermedad, a pesar del diagnóstico negativo y la tranquilización del médico, por una preocupación general con el cuerpo, con una auto observación cuidadosa y constante, también es característica la realización de conductas propias de enfermos, como la búsqueda constante, insistente e insatisfactoria de médicos y especialistas que detecten su problema, así como por una interferencia del problema en el área laboral, social y personal del paciente. Será preciso asimismo que no exista lesión orgánica o enfermedad física que pueda explicar los síntomas que se experimentan, y que no se de una condición psiquiátrica previa de la que puedan formar parte los síntomas hipocondríacos, como ocurriría en el caso de depresión mayor o esquizofrenia.

Por todo ello, la terapia seguirá una serie de pasos, siendo el primero dar una información precisa sobre el problema y el tratamiento a seguir al paciente y sus familiares, hemos de aceptar que todos los síntomas y molestias que siente son verdad y que él no encuentra explicación a lo que está sucediendo y que por tanto entendemos que hasta ahora haya pensado que tenía una enfermedad importante, pero esos síntomas se producen también por otras causas, así trataremos de que establezca "hipótesis alternativas" de explicación de sus dolores o síntomas, como que el temor y el miedo llevan aparejadas todas esas molestias. De otro modo, si interpreta incorrectamente las molestias ("esto que me pasa no es normal, mira que si tengo un tumor..."), la tendencia natural será estar muy atento a las señales, así se tocará, comparará su estado con el de los demás, se auto observará, etc., y con ello lo que conseguirá es aumentar los malestares y por consiguiente más esa auto observación negativa y los pensamientos terroríficos de pérdida de la salud irán aumentando, creando un círculo vicioso cada vez más angustiante. Resumiendo debe comprender que la excesiva preocupación por su salud es el problema que debe aprender a resolver, también debe aprender a vivir con el mismo riesgo que las demás personas, el de no tener garantías de que no se pueda coger una enfermedad grave, ha de aprender a enfrentarse y a no evitar sus temores.

Convendrá también modificar desde el principio las conductas hipocondríacas específicas que el paciente está realizando y por las que puede estar siendo reforzado, como visitar innecesariamente especialistas, realización de análisis y otras pruebas diagnósticas, hablar de los problemas de su salud a familiares, amigos o compañeros de trabajo, preguntar detalles sobre las enfermedades de otros, palparse, automedicarse, etc. Habrá que reinstaurar gradualmente y dirigido por el terapeuta, las actividades que hubieran quedado alteradas o suspendidas por causa de la hipocondría (actividad social, laboral, ejercicio, realización de hobbies, etc.).

viernes, 18 de mayo de 2012

Trastorno Sexual e Identidad Sexual


Normalmente la clasificación se hace en tres grandes apartados que serían:
  • Tastornos sexuales
  • Parafilias
  • Trastornos de la identidad sexual

En el primero tendríamos los referidos a las distintas etapas de un contacto sexual  o de la sexualidad, como son el deseo, la excitación, el orgasmo, y la resolución.

Dentro de los trastornos del deseo sexual se encontrarían: "Deseo sexual hipoactivo" que se caracterizaría por una disminución o ausencia de fantasías y deseos de actividad sexual de forma persistente o recurrente y "Trastorno por aversión al sexo" , en él, la característica principal sería una aversión extrema o persistente o recidivante hacia, y con evitación de, todos (o prácticamente todos) los contactos sexuales genitales con una pareja sexual.

En los trastornos de la excitación sexual  se contemplarían  el "Trastorno de la excitación sexual en la mujer" que consistiría en una incapacidad, persistente o recurrente, para obtener o mantener la respuesta de lubricación propia de la fase de excitación, hasta la terminación de la actividad sexual, y el "Trastorno de la erección en el varón" consistente en la incapacidad, persistente o recurrente, para obtener una erección apropiada hasta el final de la actividad sexual.

En los trastornos del orgasmo se contemplan el "Trastorno orgásmico femenino", el "Trastorno orgásmico masculino" y la "Eyaculación precoz". Los dos primeros eran llamados con anterioridad  "Trastorno orgásmico masculino-femenino inhibido" en ellos lo que se daría, sería una ausencia o retraso persistente o recurrente del orgasmo tras una fase de excitación sexual normal, y en la eyaculación precoz  tendríamos una eyaculación persistente o recurrente en respuesta a una estimulación sexual mínima antes, durante o poco tiempo después de la penetración, y antes de que la persona lo desee.

Después pasaríamos a los trastornos sexuales por dolor entre los que se encuentran  la "Dispareunia" y el "Vaginismo". El primero se caracterizaría por un dolor genital recurrente o persistente asociado a la relación sexual, tanto en varones como mujeres. En el segundo, el "Vaginismo" lo más característico sería la aparición persistente o recurrente de espasmos involuntarios de la musculatura del tercio externo de la vagina, que interfiere el coito.

Posteriormente están los "Trastonos sexuales debidos a enfermedad médica" en los que la causa del problema sería de origen físico y el "Trastorno sexual inducido por sustancias".

El segundo gran grupo de los trastornos sexuales serían las "Parafilias" , en ellas la característica principal es la presencia de repetidas e intensas fantasías sexuales de tipo excitatorio, de impulsos o de comportamientos sexuales que por lo general engloban: 1) objetos no humanos, 2) el sufrimiento o la humillación de uno mismo o de la pareja, o 3) niños u otras personas que no consienten, y que se presentan durante al menos 6 meses. Incluirían "El exhibicionismo" (exposición de los genitales), "El fetichismo" (empleo de objetos inanimados), "El frotteurismo" (contactos y roces con una persona en contra de su voluntad), "La pedofilia" (interés por niños en edad prepuberal)

Miguel Ángel Ruiz González

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miércoles, 18 de abril de 2012

Sobre la Culpabilidad y la Preocupación

La culpabilidad y la preocupación son dos emociones inútiles muy arraigadas en el psiquismo del ser humano y es que nos han enseñado que preocuparse indica la bondad de quien se preocupa y que no sentirse culpable de los errores cometidos no es correcto. Nos han trasmitido que no preocuparse no es humano, es decir cuando algo difícil nos espera en un futuro habría que preocuparse y sufrir por ello. Por otro lado cuando hemos hecho algo mal hemos aprendido a culpabilizarnos, martirizarnos dando vueltas a aquello que hicimos mal y también a sufrir por ello.

Ambas emociones, sin embargo, hacen referencia a otros tiempos, es decir la preocupación está referida al futuro y la culpabilidad al pasado y lo malo es que ocurren en el momento presente menguando o eliminando el estado de bienestar de ese presente y convirtiéndolo en malestar. Además tampoco mejoran la capacidad de acción, ya que emocionalmente nos sentimos mal.

Si en el pasado cometimos un mal acto, angustiarnos pensando en lo mal que hicimos, es decir, sintiéndonos culpables, no modificamos nada, salvo conseguir aumentar el malestar en el momento presente, ¿no sería más acertado dedicar el tiempo presente a actuar de tal modo que arreglemos o reparemos el mal causado y no perderlo con ese sentimiento inútil que, como decimos, solo sirve para sufrir?

Con la preocupación pasa lo mismo, si la analizamos un poco detenidamente, observaremos que siempre hace referencia a algo negativo, a un malestar, sufrimiento e inmovilidad por algo que pueda ocurrirnos en un futuro cercano o lejano, suele referirse a algunas consecuencias negativas que pudieran derivarse de una situación presente, pero no cambiando nada, solo generando angustia. Como dice el Dr. Wayne W. Dyer el mejor antídoto contra la preocupación sería la ocupación, la acción.

De todos modos no hemos de confundir la preocupación con el análisis de posibles consecuencias negativas que pueden derivarse de la realización de un plan que vamos a llevar a cabo, esto resulta positivo si con ese análisis vamos estableciendo soluciones a los posibles problemas que pudieran surgir, esto sería ocuparse y no preocuparse. Queremos referirnos a la preocupación como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas negativas que pueden llegar a suceder en el futuro.

Nunca toda la preocupación o culpabilidad arreglaron o modificaron nada, salvo tornar el bienestar en malestar en el momento presente. Ni un solo momento de preocupación o culpabilidad logrará mejorar las cosas.

Pongamos un par de ejemplos. ¿De que le sirve a un estudiante pensar en la posibilidad de suspender un examen, es decir preocuparse? Mientras está preocupándose no adelanta nada y sí, sin embargo, pierde el presente al no dedicarlo a lo que realmente sería útil, estudiar; en el momento en que deja de preocuparse y pasa a ocuparse, a estudiar, es cuando empieza a reducir la posibilidad de suspender; con la preocupación se angustia y la posibilidad de un rendimiento positivo del estudio se desvanece, es más con la preocupación se bloquea y como decimos no adelanta nada.

Otro ejemplo, si tenemos un bulto o cualquier signo de enfermedad, ¿de qué nos sirve martirizarnos pensando en posibles graves enfermedades? Evidentemente de nada, ya que lo eficaz será ir al médico y poner remedio. Una vez más lo válido será ocuparse y no preocuparse.

Ahora pongamos otro ejemplo de culpabilidad. Supongamos que ayer un comportamiento nuestro causó daño a una persona ¿de qué servirá sentirnos culpables y martirizarnos por ello? ¿No será más eficaz reparar el mal causado y asumir la responsabilidad correspondiente? Naturalmente, de otro modo no hacemos nada salvo sufrir y estropear el momento presente que estamos viviendo.

Estas dos emociones son muy frecuentes en los desequilibrios psicológicos de las personas y los técnicos en salud mental los observamos a diario, viendo como nuestros pacientes sufren sin que ello sirva de nada. El por qué están tan arraigadas en nuestra cultura parece obedecer a diferentes razones, enumeraremos aquí algunas de ellas.

La culpabilidad se utiliza para dominar a otra persona, es un método eficaz para doblegar a otro a nuestros intereses y que de ese modo actúe como yo deseo. Un ejemplo sería el de la madre que dice a su hijo que le disgusta mucho, que le hace sufrir mucho, si consigue su objetivo conseguirá que el niño se sienta culpable y que éste se vea abocado a modificar su comportamiento, para compensar el sentimiento de culpa, pero si es utilizado como método educativo será peor el remedio que la enfermedad, pues favorecerá la inseguridad y mala conciencia de sí mismo en su hijo.

Respecto a la preocupación podemos decir que tiene, muchas veces, una retribución, y es que si estamos muy preocupados, podemos estar eximidos de tener que afrontar positivamente con la responsabilidad que exige tener que actuar, para evitar las posibles consecuencias negativas que prevemos pueden ocurrir. Dicho de otro modo, podemos evitar tener que correr riesgos usando las preocupaciones como excusa para inmovilizarnos. “No puedo hacer nada, estoy tan preocupado”.

Hemos mal aprendido que un buen padre se preocupa de sus hijos de su esposa o de lo que sea, en lugar de que un buen padre se ocupa de sus hijos, esposa o lo que sea.

Suelo decir que Teresa de Calcuta no se preocupaba de sus leprosos sino que se ocupaba, de no ser así, esta mujer, no hubiera podido trasmitir su fortaleza y alegría interior, como tampoco podría haber ayudado tanto a estos enfermos, pues a una persona preocupada se le nota su sufrimiento y malestar, así como bloqueo y con eso no se adelanta mucho.

Hemos de aprender a vivir el presente, ya que nunca vivimos otro tiempo que no sea el presente, el pasado ya lo vivimos, el futuro, tal vez, lo viviremos. La culpabilidad es referida al pasado y la preocupación al futuro, por tanto aprender a vivir el presente, el ahora, y no perderlo con pensamientos inmovilizantes sobre el pasado o futuro, parece ser una buena manera de mejorar nuestra calidad de vida.

Miguel Ángel Ruiz González


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viernes, 16 de marzo de 2012

El Desarrollo del Autoconcepto

¿Por qué algunas personas son seguras de sí mismas? ¿Por qué algunos se ponen nerviosos donde otros parecen gozar? ¿Por qué algunos temen expresar sus ideas, sentimientos y opiniones y otros no? Pues bien, parece que tiene que ver con el desarrollo del autoconcepto

Cuando un niño/a nace, no sabe quién es, para qué sirve, no sabe si es un ser respetable, digno, capaz, inteligente, bueno, o todo lo contrario. Poco a poco, con el paso del tiempo, la educación y las circunstancias que le rodeen, se va a ir forjando una idea de sí mismo, pero ¿cómo lo hace? 

Imaginemos que acaba de nacer un niño; imaginemos que papá y mamá se quieren y saben mostrarse su amor, que saben respetarse. Además, el ambiente de casa es relajado, tranquilo y al niño le dan todas las muestras de amor, de afecto, son tolerantes con él, le corrigen con respeto, le enseñan, permiten que investigue, que se exprese, refuerzan todas sus conductas adaptadas y positivas, le evitan sustos, malos ratos, evitan subidas de tono en su presencia y le atienden correctamente en todos los aspectos. Así pasan los meses y los dos o tres primeros años ¿cómo creerá ese niño que es el mundo? Con toda seguridad, creerá que el mundo es relajado, tranquilo, creerá que puede mostrarse como es, que puede expresarse y ser comprendido, que él vale, que él puede, que él sirve. Tenderá a forjarse un autoconcepto positivo, sano y equilibrado.

Tal vez haya quien me diga que se forjará una idea equivocada del mundo, ya que éste es hostil, existen personas que desarrollan malas conductas, hay accidentes, hay catástrofes, etc., sin embargo no es así. Lo que ocurrirá es que será un niño sano, mentalmente equilibrado y cuando se vaya encontrando con los problemas de la vida, por ejemplo, un niño que le pega en la guardería, un pequeño accidente, o cualquier situación frustrante, serán percibidas por una mente sana que sabrá analizarlas desde el equilibrio y si tiene que activar estructuras emocionales, que nos vienen dadas para situaciones de supervivencia y otras funciones, se activarán adecuadamente, porque la situación lo requiere y le proporcionará la respuesta adaptada a esa situación difícil a la que se estará enfrentando.

Si por el contrario, por ejemplo, en un acto de contacto con el mundo, descubriéndolo -supongamos que tiene dos años-, va a coger un vaso con agua que se encuentra al borde de la mesa y le pegamos un grito, por tanto le asustamos y llora, habremos activado estructuras emocionales que sería adecuado activar, como decíamos, en cuestiones de supervivencia y no ante un acto que no entraña peligro; pero sí de este modo, el niño aprenderá a asociar actos como estos, que potencian la autonomía, la investigación de sus posibilidades, con peligro, y así, poco a poco y si repetimos esta actitud como padres, le estaremos enseñando que hay demasiados peligros por ahí, como para investigar, ser autónomo, independiente y seguro de sí mismo. Por otro lado le estaremos trasmitiendo indirectamente que nos decepciona, que no hace bien las cosas y que por tanto no puede, no sabe, no debe. Le estaremos ayudando a forjarse un autoconcepto negativo.

Suelo decir a mis pacientes que cuando uno tiene el cerebro “derecho” –quiero decir sano, equilibrado-, lo torcido, lo negativo se percibe como tal, ahora bien, si el cerebro está “torcido” y nos encontramos con un acto también torcido, negativo ¿qué es lo torcido? ¿el acto, la circunstancia exterior o yo?, ¿qué hacer?, ¿por dónde tiro?, tal vez me sienta inseguro y me quede paralizado, incluso ante cuestiones banales, o me sienta cortado para establecer relaciones relajadas, cordiales, normales.

Por todo esto es por lo que son tan importantes los primeros años de vida. En ellos se van a  definir las maneras que uno va adoptar a  la hora de afrontar la vida, en ellos se van a forjar gran parte de los recursos, la personalidad y el autoconcepto.

No significa que ya no habrá remedio, pues la vida depara experiencias que poco a poco, aunque con dificultad, pueden modificar estas fuertes tendencias a afrontar circunstancias de una forma u otra, pero como digo, con dificultad y en muchos casos se hará imprescindible una psicoterapia.

¿Cómo puede un niño crecer sano si no llega a sentir que responde a lo que sus padres –los seres más grandes, sabios y capaces que él conoce- esperan de él? ¿Cómo va a sentirse capaz de afrontar las circunstancias de la vida, si la relación con sus padres le lleva  a sentir que no hace las cosas bien?

No basta con sentir que queremos mucho a nuestros hijos, les ha de llegar a ellos, han de notarlo, sentirlo, percibirlo a través de la relación. Si un  padre grita a su hijo, le pega, según él porque le quiere y quiere corregir determinada conducta -seguramente susceptible de ser modificada con métodos más adecuados-, lo que sucede en la mente del niño no es “papá me quiere mucho y desea que yo me porte de otro modo”, no, no sucede eso, él nota que desagrada a papá, que le decepciona, se asusta y el autoconcepto que desarrolla es negativo. Si por el contrario va a cruzar una calle, estamos lejos, hay peligro de ser atropellado y le damos un fuerte grito que le paraliza y se evita el accidente, aquí se habrán activado estructuras emocionales de la supervivencia, que favorecerán grabar la experiencia en la memoria, pero en este caso, asociando la activación emocional a una situación de peligro real, producirán el efecto de aprendizaje deseado, que no será otro que el de precaución al cruzar una calle.

Cualquier circunstancia vivida y asociada a una emoción, queda grabada en la memoria con mayor facilidad, intensidad y rapidez, pero hemos de tener cuidado de hacerlo cuando realmente es necesario, no para aprender matemáticas, o para que el niño no realice actos que son naturales en el contacto con el mundo y no entrañan peligro objetivo, aunque a veces nos resulten molestos.

En el trato que les dispensamos, en las circunstancias que les rodean, está la clave de la imagen que se van a forjar de sí mismos. Somos como espejos que devuelven una imagen de cómo son, para qué sirven, de qué son capaces e incluso de si son dignos de ser amados, queridos, respetados y admirados. Por tanto tratémosles de esa forma que fomente el que desarrollen un autoconcepto sano, positivo, una buena autoestima, que les permita disfrutar de la vida de una manera sana, feliz y relajada. 

Miguel Ángel Ruiz González


jueves, 23 de febrero de 2012

Agresividad, Asertividad e Inhibición


La asertividad es la capacidad de expresar directamente nuestros sentimientos, pensamientos y opiniones sin agresividad.
Es una capacidad que nos permite defender nuestros derechos sin sentirnos mal al hacerlo, ya que permite expresar lo que deseamos, opinamos, pensamos o sentimos, sin agredir, y al mismo tiempo sin quedarnos mal, como sucede en la inhibición o no-expresión o con la conducta agresiva, por otra parte ha de ser una comunicación eficaz, es decir, conseguir  el objetivo que uno pretende, siendo éste el de establecer relaciones positivas con los demás y en caso de conflicto, causando el mínimo perjuicio a uno mismo, al otro y a la relación.
Sería una conducta intermedia entre la inhibición y la agresividad, eso sí, más adecuada para una correcta comunicación, que ha de ser respetuosa con el otro, pero que a la vez permita saber al otro nuestro punto de vista o sentir.
Asertividad
Pongamos un ejemplo, imaginemos que estamos haciendo cola para ser atendidos en cualquier servicio, tienda, cine o restaurante, entonces viene una persona que sin mediar palabra se nos cuela, tendríamos tres posibles alternativas: la primera sería callarnos y dejar que se cuele, la segunda alterarnos, subir el tono y llamarle cara dura o algo parecido y la tercera, simplemente decirle que por favor se ponga a la cola como el resto de las personas, en tono amable pero firme.
Pues bien, aquí tenemos las tres posibles respuestas a una misma situación, la primera sería la inhibición, la segunda la agresividad y la tercera la asertiva.
La asertividad es una habilidad y por tanto susceptible de ser aprendida y de desarrollarse mediante un entrenamiento.
Cuando alguna vez he preguntado a personas acerca de este concepto, me han contestado que ser asertivo sería ser seguro de sí mismo, pues bien ya vemos que no es así, aunque realmente ocurre que la persona asertiva, o que desarrolla esta habilidad, acaba siendo más segura de sí misma, pues establece sus relaciones desde la manifestación de sus opiniones o sentimientos de manera respetuosa, pero sin guardárselos, lo que permite una relación más auténtica y fluida con las personas. Por otra parte, con esta práctica, uno cosecha un mayor respeto, y además desde su autenticidad, desde su realidad, consiguiendo que dichas relaciones sean fluidas, lo que redundará en el auto respeto y la confianza en uno mismo.
En el ejemplo de más arriba, al decir a la persona que guarde la cola, estaríamos ante una oposición asertiva, sin embargo, existe también lo que denominamos aceptación asertiva, que sería la capacidad de recibir y expresar reconocimiento. Frecuentemente nos encontramos con personas que les cuesta expresar gratitud o admiración, o recibirla sin turbarse, no obstante son  importantes, pues estas habilidades mejoran las relaciones personales porque refuerzan conductas deseables, fomentando su frecuencia, la autoestima y la confianza, y por tanto el establecimiento de relaciones más positivas con los demás.
Cuando la conducta no es asertiva, la persona no logra defender sus derechos, ni logra hacerse entender o ser comprendido y por consiguiente puede reforzar la idea de no ser aceptado por los demás. De hecho en la fobia social, por ejemplo, observamos la carencia de habilidades asertivas, que junto a una serie de creencias falsas o irracionales acerca de sí mismo y del juicio de los demás respecto a uno, mantienen al fóbico en esa situación de indefensión e inoperatividad en las situaciones sociales, que a la postre lo que hacen es mantener y desarrollar su fobia.
En el comportamiento asertivo hemos de tener en cuenta tanto los aspectos de comunicación no verbal, como los verbales. Los aspectos a considerar en la comunicación asertiva no verbal, serían: el contacto visual, los gestos, el volumen de voz, los silencios o pausas, un tono afectivo, y la postura corporal. Explicándolo de manera superficial sería mirar a los ojos a nuestro interlocutor, tener una gestualidad enfática pero respetuosa evitando gestos agresivos, con un volumen de voz ni alto ni bajo y sin titubeos, haciendo los silencios pertinentes que den oportunidad a nuestro interlocutor de expresarse, con un tono convincente adaptado al contenido de lo que se expresa pero sin agresividad en ningún caso, con una postura erguida pero relajada y ni cabizbajo ni altivo y mirando a los ojos.
En cuanto a los componentes verbales, el primero de todos ellos sería demostrar un nivel de comprensión de la creencia, opinión o actitud del otro, entendiendo que comprender no significa estar de acuerdo, por ejemplo podemos comprender que alguien esté convencido que es bueno pegar a los hijos para educarlos, porque así le educaron a él y por los modelos que ha tenido, sin embargo estamos en desacuerdo total, lo que no impide mostrar comprensión, “comprendo tu punto de vista al respecto por la forma en que te han educado etc.”. El segundo, tras haber mostrado comprensión del punto de vista del otro, expresaremos el problema de forma concreta y clara, por ejemplo “sin embargo creo que tu hijo no se sentirá querido por ti y es posible que su conducta empeore…”. Tercero, mostraremos el desacuerdo: “por tanto no estoy de acuerdo en que continúes pegándole…”. Cuarto, solicitaríamos el cambio de actitud: “por ello te agradecería que dejases de hacerlo…”. Quinto, propondríamos soluciones: “creo que sería mejor que hablases con él, le propusieras otras actitudes, reforzases sus aspectos positivos cuando su conducta es adaptada, etc.”
Por último me gustaría explicar una técnica asertiva entre las muchas que hay, que utilizaremos cuando nos envuelva una emoción negativa hacia otra persona, que de no utilizarla no nos queda otro camino que callar o mostrarnos agresivos y como vemos, no es lo más conveniente. La llamaremos “técnica para la expresión de emociones negativas”. Lo primero será describir la conducta del otro de forma objetiva, o repetiremos exactamente lo que ha expresado, diciendo: “has dicho…”, seguidamente le diremos cómo interpretamos sus actos o lo dicho, admitiendo al mismo tiempo que somos conscientes que nuestra interpretación puede ser incorrecta, para inmediatamente expresarle cómo nos sentimos como consecuencia de dicha interpretación, después le preguntaremos acerca de lo acertado o equivocado de nuestra interpretación y según su repuesta, le solicitaremos un cambio de actitud o rectificación o pediremos disculpas por nuestra equivocada interpretación, esto nos permitirá no guardarnos las cosas y comunicarnos eficazmente en situaciones de conflicto.

miércoles, 25 de enero de 2012

Timidez y Fobia Social

Timidez y fobia social son dos términos en los que no está clara la frontera entre ambos. De hecho, el tímido manifestará su timidez en las circunstancias sociales en las que se vea envuelto, encontrándose nervioso, incómodo, dudando de sus capacidades de adecuación y respuesta. Por otra parte la fobia social nos habla de un alto grado de ansiedad ante situaciones sociales, sin embargo, sí podemos poner la frontera al definir el concepto de fobia como un miedo exagerado, potenciado porque la persona ha aprendido a controlarlo evitando afrontar la situación temida.

Es decir el tímido se pondrá nervioso, pero generalmente afrontará las situaciones sociales, de este modo, a medida que pasa el tiempo se verá más y más cómodo en aquellas circunstancias que en un principio le incomodaban y en las que no se sentía tranquilo, relajado. Así podemos ver como grandes tímidos pueden dirigirse a un parlamento, por ejemplo, con total soltura y tranquilidad, como consecuencia de la experiencia positiva de repetir la acción exitosamente, naturalmente con esta actitud consistente en encarar lo temido no se desarrollará una fobia social y si en cambio una seguridad personal.

El fóbico, puede haber sido un tímido que en un determinado momento habiendo tenido que afrontar una circunstancia social se ha puesto muy nervioso y su respuesta ha sido irse o negarse a encarar dicha circunstancia, así de forma inmediata se quedará tranquilo, pero esta tranquilidad será un refuerzo positivo, un premio a la conducta de evitación - sabemos que toda conducta que va seguida de un refuerzo positivo tiende a aumentar su frecuencia -, de este modo la próxima vez tendrá una mayor tendencia a evitar de nuevo afrontar dicha circunstancia, con lo que cada vez el miedo será mayor. Por otro lado, en el nivel de pensamiento, la idea que tiene respecto a su falta de capacidad para afrontar lo temido, se verá reforzada, ayudando a aumentar la conducta de evitación y por lo tanto el miedo irracional y en último término la aparición de la fobia.

Precisamente el miedo excesivo, irracional, sería otra de las características que nos ayudarían a diferenciar entre miedo y fobia. Queremos decir que las situaciones temidas, objetivamente no han de entrañar ningún peligro, como son por ejemplo comer con unos compañeros de trabajo o entrar a una tienda a comprar algo y sin embargo haber sido evitadas, aquí si podríamos hablar de fobia.

Además en la medida que la persona con fobia social no afronta esas circunstancias está impidiéndose el aprendizaje de técnicas y habilidades sociales que sólo se desarrollan con la práctica.

Todas las fobias conllevan un alto nivel de ansiedad y por tanto una serie de síntomas físicos que la persona tratará de evitar que se manifiesten eludiendo dichas situaciones. Estos síntomas son sequedad de boca, sudores, temblores, palpitaciones falta de concentración, sensación de mareo, rigidez muscular, etc., lo pasa tan mal, que aprende a evitar afrontar lo temido, aumentando así sus temores, la aparición de los síntomas y las ideas de incapacidad.

Las circunstancias que temen son muy variadas y van desde el temor a que les presenten a otras personas, comer o beber en público, llegar a ser el centro de atención, ser observados, hablar en público o ante un grupo de amigos, reclamar un derecho, ir a fiestas o reuniones, realizar compras en comercios, etc...

Normalmente hablamos de dos tipos de fobia social que son la específica y la generalizada. La específica sería una fobia muy concreta a una situación, como por ejemplo dirigirse verbalmente a un grupo, pero no presenta problema para el resto de situaciones sociales. La generalizada sería una fobia a todo tipo de situaciones sociales.

Al final la persona que padece este problema, sobre todo si se trata de la fobia social generalizada, ve como toda su vida está condicionada por la fobia que le incapacita, limita e impide llevar una vida normal, con un alto nivel de sufrimiento que a la postre le llevará a solicitar ayuda.

La ayuda psicológica habrá de trabajar en varios frentes. Uno será el de la información, es decir la comprensión por parte del paciente de cómo se ha originado y desarrollado el problema, otro frente de trabajo será el del pensamiento, con las técnicas de la terapia cognitiva, otro más el control de la ansiedad mediante el aprendizaje de técnicas de relajación, otro el entrenamiento en habilidades sociales y por último la exposición gradual a las situaciones temidas.

Concluiremos diciendo que estos problemas son mucho más fácilmente resolubles en sus etapas iniciales que cuando después de años están amplia y profundamente arraigados. A veces comprendiendo lo que está empezando a suceder y analizando como está actuando la persona y las consecuencias que pueden derivarse, surge la orientación adecuada y las acciones encaminadas a que uno se quede simplemente en ser un poco tímido, cosa por otro lado absolutamente normal, sin pasar a desarrollar una fobia, que ya sería un problema más serio y más dificultoso de resolver.

Miguel Ángel Ruiz González