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viernes, 18 de mayo de 2012

Trastorno Sexual e Identidad Sexual


Normalmente la clasificación se hace en tres grandes apartados que serían:
  • Tastornos sexuales
  • Parafilias
  • Trastornos de la identidad sexual

En el primero tendríamos los referidos a las distintas etapas de un contacto sexual  o de la sexualidad, como son el deseo, la excitación, el orgasmo, y la resolución.

Dentro de los trastornos del deseo sexual se encontrarían: "Deseo sexual hipoactivo" que se caracterizaría por una disminución o ausencia de fantasías y deseos de actividad sexual de forma persistente o recurrente y "Trastorno por aversión al sexo" , en él, la característica principal sería una aversión extrema o persistente o recidivante hacia, y con evitación de, todos (o prácticamente todos) los contactos sexuales genitales con una pareja sexual.

En los trastornos de la excitación sexual  se contemplarían  el "Trastorno de la excitación sexual en la mujer" que consistiría en una incapacidad, persistente o recurrente, para obtener o mantener la respuesta de lubricación propia de la fase de excitación, hasta la terminación de la actividad sexual, y el "Trastorno de la erección en el varón" consistente en la incapacidad, persistente o recurrente, para obtener una erección apropiada hasta el final de la actividad sexual.

En los trastornos del orgasmo se contemplan el "Trastorno orgásmico femenino", el "Trastorno orgásmico masculino" y la "Eyaculación precoz". Los dos primeros eran llamados con anterioridad  "Trastorno orgásmico masculino-femenino inhibido" en ellos lo que se daría, sería una ausencia o retraso persistente o recurrente del orgasmo tras una fase de excitación sexual normal, y en la eyaculación precoz  tendríamos una eyaculación persistente o recurrente en respuesta a una estimulación sexual mínima antes, durante o poco tiempo después de la penetración, y antes de que la persona lo desee.

Después pasaríamos a los trastornos sexuales por dolor entre los que se encuentran  la "Dispareunia" y el "Vaginismo". El primero se caracterizaría por un dolor genital recurrente o persistente asociado a la relación sexual, tanto en varones como mujeres. En el segundo, el "Vaginismo" lo más característico sería la aparición persistente o recurrente de espasmos involuntarios de la musculatura del tercio externo de la vagina, que interfiere el coito.

Posteriormente están los "Trastonos sexuales debidos a enfermedad médica" en los que la causa del problema sería de origen físico y el "Trastorno sexual inducido por sustancias".

El segundo gran grupo de los trastornos sexuales serían las "Parafilias" , en ellas la característica principal es la presencia de repetidas e intensas fantasías sexuales de tipo excitatorio, de impulsos o de comportamientos sexuales que por lo general engloban: 1) objetos no humanos, 2) el sufrimiento o la humillación de uno mismo o de la pareja, o 3) niños u otras personas que no consienten, y que se presentan durante al menos 6 meses. Incluirían "El exhibicionismo" (exposición de los genitales), "El fetichismo" (empleo de objetos inanimados), "El frotteurismo" (contactos y roces con una persona en contra de su voluntad), "La pedofilia" (interés por niños en edad prepuberal)

Miguel Ángel Ruiz González

info@psicologosbilbao.es

miércoles, 18 de abril de 2012

Sobre la Culpabilidad y la Preocupación

La culpabilidad y la preocupación son dos emociones inútiles muy arraigadas en el psiquismo del ser humano y es que nos han enseñado que preocuparse indica la bondad de quien se preocupa y que no sentirse culpable de los errores cometidos no es correcto. Nos han trasmitido que no preocuparse no es humano, es decir cuando algo difícil nos espera en un futuro habría que preocuparse y sufrir por ello. Por otro lado cuando hemos hecho algo mal hemos aprendido a culpabilizarnos, martirizarnos dando vueltas a aquello que hicimos mal y también a sufrir por ello.

Ambas emociones, sin embargo, hacen referencia a otros tiempos, es decir la preocupación está referida al futuro y la culpabilidad al pasado y lo malo es que ocurren en el momento presente menguando o eliminando el estado de bienestar de ese presente y convirtiéndolo en malestar. Además tampoco mejoran la capacidad de acción, ya que emocionalmente nos sentimos mal.

Si en el pasado cometimos un mal acto, angustiarnos pensando en lo mal que hicimos, es decir, sintiéndonos culpables, no modificamos nada, salvo conseguir aumentar el malestar en el momento presente, ¿no sería más acertado dedicar el tiempo presente a actuar de tal modo que arreglemos o reparemos el mal causado y no perderlo con ese sentimiento inútil que, como decimos, solo sirve para sufrir?

Con la preocupación pasa lo mismo, si la analizamos un poco detenidamente, observaremos que siempre hace referencia a algo negativo, a un malestar, sufrimiento e inmovilidad por algo que pueda ocurrirnos en un futuro cercano o lejano, suele referirse a algunas consecuencias negativas que pudieran derivarse de una situación presente, pero no cambiando nada, solo generando angustia. Como dice el Dr. Wayne W. Dyer el mejor antídoto contra la preocupación sería la ocupación, la acción.

De todos modos no hemos de confundir la preocupación con el análisis de posibles consecuencias negativas que pueden derivarse de la realización de un plan que vamos a llevar a cabo, esto resulta positivo si con ese análisis vamos estableciendo soluciones a los posibles problemas que pudieran surgir, esto sería ocuparse y no preocuparse. Queremos referirnos a la preocupación como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas negativas que pueden llegar a suceder en el futuro.

Nunca toda la preocupación o culpabilidad arreglaron o modificaron nada, salvo tornar el bienestar en malestar en el momento presente. Ni un solo momento de preocupación o culpabilidad logrará mejorar las cosas.

Pongamos un par de ejemplos. ¿De que le sirve a un estudiante pensar en la posibilidad de suspender un examen, es decir preocuparse? Mientras está preocupándose no adelanta nada y sí, sin embargo, pierde el presente al no dedicarlo a lo que realmente sería útil, estudiar; en el momento en que deja de preocuparse y pasa a ocuparse, a estudiar, es cuando empieza a reducir la posibilidad de suspender; con la preocupación se angustia y la posibilidad de un rendimiento positivo del estudio se desvanece, es más con la preocupación se bloquea y como decimos no adelanta nada.

Otro ejemplo, si tenemos un bulto o cualquier signo de enfermedad, ¿de qué nos sirve martirizarnos pensando en posibles graves enfermedades? Evidentemente de nada, ya que lo eficaz será ir al médico y poner remedio. Una vez más lo válido será ocuparse y no preocuparse.

Ahora pongamos otro ejemplo de culpabilidad. Supongamos que ayer un comportamiento nuestro causó daño a una persona ¿de qué servirá sentirnos culpables y martirizarnos por ello? ¿No será más eficaz reparar el mal causado y asumir la responsabilidad correspondiente? Naturalmente, de otro modo no hacemos nada salvo sufrir y estropear el momento presente que estamos viviendo.

Estas dos emociones son muy frecuentes en los desequilibrios psicológicos de las personas y los técnicos en salud mental los observamos a diario, viendo como nuestros pacientes sufren sin que ello sirva de nada. El por qué están tan arraigadas en nuestra cultura parece obedecer a diferentes razones, enumeraremos aquí algunas de ellas.

La culpabilidad se utiliza para dominar a otra persona, es un método eficaz para doblegar a otro a nuestros intereses y que de ese modo actúe como yo deseo. Un ejemplo sería el de la madre que dice a su hijo que le disgusta mucho, que le hace sufrir mucho, si consigue su objetivo conseguirá que el niño se sienta culpable y que éste se vea abocado a modificar su comportamiento, para compensar el sentimiento de culpa, pero si es utilizado como método educativo será peor el remedio que la enfermedad, pues favorecerá la inseguridad y mala conciencia de sí mismo en su hijo.

Respecto a la preocupación podemos decir que tiene, muchas veces, una retribución, y es que si estamos muy preocupados, podemos estar eximidos de tener que afrontar positivamente con la responsabilidad que exige tener que actuar, para evitar las posibles consecuencias negativas que prevemos pueden ocurrir. Dicho de otro modo, podemos evitar tener que correr riesgos usando las preocupaciones como excusa para inmovilizarnos. “No puedo hacer nada, estoy tan preocupado”.

Hemos mal aprendido que un buen padre se preocupa de sus hijos de su esposa o de lo que sea, en lugar de que un buen padre se ocupa de sus hijos, esposa o lo que sea.

Suelo decir que Teresa de Calcuta no se preocupaba de sus leprosos sino que se ocupaba, de no ser así, esta mujer, no hubiera podido trasmitir su fortaleza y alegría interior, como tampoco podría haber ayudado tanto a estos enfermos, pues a una persona preocupada se le nota su sufrimiento y malestar, así como bloqueo y con eso no se adelanta mucho.

Hemos de aprender a vivir el presente, ya que nunca vivimos otro tiempo que no sea el presente, el pasado ya lo vivimos, el futuro, tal vez, lo viviremos. La culpabilidad es referida al pasado y la preocupación al futuro, por tanto aprender a vivir el presente, el ahora, y no perderlo con pensamientos inmovilizantes sobre el pasado o futuro, parece ser una buena manera de mejorar nuestra calidad de vida.

Miguel Ángel Ruiz González


info@psicologosbilbao.es

viernes, 16 de marzo de 2012

El Desarrollo del Autoconcepto

¿Por qué algunas personas son seguras de sí mismas? ¿Por qué algunos se ponen nerviosos donde otros parecen gozar? ¿Por qué algunos temen expresar sus ideas, sentimientos y opiniones y otros no? Pues bien, parece que tiene que ver con el desarrollo del autoconcepto

Cuando un niño/a nace, no sabe quién es, para qué sirve, no sabe si es un ser respetable, digno, capaz, inteligente, bueno, o todo lo contrario. Poco a poco, con el paso del tiempo, la educación y las circunstancias que le rodeen, se va a ir forjando una idea de sí mismo, pero ¿cómo lo hace? 

Imaginemos que acaba de nacer un niño; imaginemos que papá y mamá se quieren y saben mostrarse su amor, que saben respetarse. Además, el ambiente de casa es relajado, tranquilo y al niño le dan todas las muestras de amor, de afecto, son tolerantes con él, le corrigen con respeto, le enseñan, permiten que investigue, que se exprese, refuerzan todas sus conductas adaptadas y positivas, le evitan sustos, malos ratos, evitan subidas de tono en su presencia y le atienden correctamente en todos los aspectos. Así pasan los meses y los dos o tres primeros años ¿cómo creerá ese niño que es el mundo? Con toda seguridad, creerá que el mundo es relajado, tranquilo, creerá que puede mostrarse como es, que puede expresarse y ser comprendido, que él vale, que él puede, que él sirve. Tenderá a forjarse un autoconcepto positivo, sano y equilibrado.

Tal vez haya quien me diga que se forjará una idea equivocada del mundo, ya que éste es hostil, existen personas que desarrollan malas conductas, hay accidentes, hay catástrofes, etc., sin embargo no es así. Lo que ocurrirá es que será un niño sano, mentalmente equilibrado y cuando se vaya encontrando con los problemas de la vida, por ejemplo, un niño que le pega en la guardería, un pequeño accidente, o cualquier situación frustrante, serán percibidas por una mente sana que sabrá analizarlas desde el equilibrio y si tiene que activar estructuras emocionales, que nos vienen dadas para situaciones de supervivencia y otras funciones, se activarán adecuadamente, porque la situación lo requiere y le proporcionará la respuesta adaptada a esa situación difícil a la que se estará enfrentando.

Si por el contrario, por ejemplo, en un acto de contacto con el mundo, descubriéndolo -supongamos que tiene dos años-, va a coger un vaso con agua que se encuentra al borde de la mesa y le pegamos un grito, por tanto le asustamos y llora, habremos activado estructuras emocionales que sería adecuado activar, como decíamos, en cuestiones de supervivencia y no ante un acto que no entraña peligro; pero sí de este modo, el niño aprenderá a asociar actos como estos, que potencian la autonomía, la investigación de sus posibilidades, con peligro, y así, poco a poco y si repetimos esta actitud como padres, le estaremos enseñando que hay demasiados peligros por ahí, como para investigar, ser autónomo, independiente y seguro de sí mismo. Por otro lado le estaremos trasmitiendo indirectamente que nos decepciona, que no hace bien las cosas y que por tanto no puede, no sabe, no debe. Le estaremos ayudando a forjarse un autoconcepto negativo.

Suelo decir a mis pacientes que cuando uno tiene el cerebro “derecho” –quiero decir sano, equilibrado-, lo torcido, lo negativo se percibe como tal, ahora bien, si el cerebro está “torcido” y nos encontramos con un acto también torcido, negativo ¿qué es lo torcido? ¿el acto, la circunstancia exterior o yo?, ¿qué hacer?, ¿por dónde tiro?, tal vez me sienta inseguro y me quede paralizado, incluso ante cuestiones banales, o me sienta cortado para establecer relaciones relajadas, cordiales, normales.

Por todo esto es por lo que son tan importantes los primeros años de vida. En ellos se van a  definir las maneras que uno va adoptar a  la hora de afrontar la vida, en ellos se van a forjar gran parte de los recursos, la personalidad y el autoconcepto.

No significa que ya no habrá remedio, pues la vida depara experiencias que poco a poco, aunque con dificultad, pueden modificar estas fuertes tendencias a afrontar circunstancias de una forma u otra, pero como digo, con dificultad y en muchos casos se hará imprescindible una psicoterapia.

¿Cómo puede un niño crecer sano si no llega a sentir que responde a lo que sus padres –los seres más grandes, sabios y capaces que él conoce- esperan de él? ¿Cómo va a sentirse capaz de afrontar las circunstancias de la vida, si la relación con sus padres le lleva  a sentir que no hace las cosas bien?

No basta con sentir que queremos mucho a nuestros hijos, les ha de llegar a ellos, han de notarlo, sentirlo, percibirlo a través de la relación. Si un  padre grita a su hijo, le pega, según él porque le quiere y quiere corregir determinada conducta -seguramente susceptible de ser modificada con métodos más adecuados-, lo que sucede en la mente del niño no es “papá me quiere mucho y desea que yo me porte de otro modo”, no, no sucede eso, él nota que desagrada a papá, que le decepciona, se asusta y el autoconcepto que desarrolla es negativo. Si por el contrario va a cruzar una calle, estamos lejos, hay peligro de ser atropellado y le damos un fuerte grito que le paraliza y se evita el accidente, aquí se habrán activado estructuras emocionales de la supervivencia, que favorecerán grabar la experiencia en la memoria, pero en este caso, asociando la activación emocional a una situación de peligro real, producirán el efecto de aprendizaje deseado, que no será otro que el de precaución al cruzar una calle.

Cualquier circunstancia vivida y asociada a una emoción, queda grabada en la memoria con mayor facilidad, intensidad y rapidez, pero hemos de tener cuidado de hacerlo cuando realmente es necesario, no para aprender matemáticas, o para que el niño no realice actos que son naturales en el contacto con el mundo y no entrañan peligro objetivo, aunque a veces nos resulten molestos.

En el trato que les dispensamos, en las circunstancias que les rodean, está la clave de la imagen que se van a forjar de sí mismos. Somos como espejos que devuelven una imagen de cómo son, para qué sirven, de qué son capaces e incluso de si son dignos de ser amados, queridos, respetados y admirados. Por tanto tratémosles de esa forma que fomente el que desarrollen un autoconcepto sano, positivo, una buena autoestima, que les permita disfrutar de la vida de una manera sana, feliz y relajada. 

Miguel Ángel Ruiz González


jueves, 23 de febrero de 2012

Agresividad, Asertividad e Inhibición


La asertividad es la capacidad de expresar directamente nuestros sentimientos, pensamientos y opiniones sin agresividad.
Es una capacidad que nos permite defender nuestros derechos sin sentirnos mal al hacerlo, ya que permite expresar lo que deseamos, opinamos, pensamos o sentimos, sin agredir, y al mismo tiempo sin quedarnos mal, como sucede en la inhibición o no-expresión o con la conducta agresiva, por otra parte ha de ser una comunicación eficaz, es decir, conseguir  el objetivo que uno pretende, siendo éste el de establecer relaciones positivas con los demás y en caso de conflicto, causando el mínimo perjuicio a uno mismo, al otro y a la relación.
Sería una conducta intermedia entre la inhibición y la agresividad, eso sí, más adecuada para una correcta comunicación, que ha de ser respetuosa con el otro, pero que a la vez permita saber al otro nuestro punto de vista o sentir.
Asertividad
Pongamos un ejemplo, imaginemos que estamos haciendo cola para ser atendidos en cualquier servicio, tienda, cine o restaurante, entonces viene una persona que sin mediar palabra se nos cuela, tendríamos tres posibles alternativas: la primera sería callarnos y dejar que se cuele, la segunda alterarnos, subir el tono y llamarle cara dura o algo parecido y la tercera, simplemente decirle que por favor se ponga a la cola como el resto de las personas, en tono amable pero firme.
Pues bien, aquí tenemos las tres posibles respuestas a una misma situación, la primera sería la inhibición, la segunda la agresividad y la tercera la asertiva.
La asertividad es una habilidad y por tanto susceptible de ser aprendida y de desarrollarse mediante un entrenamiento.
Cuando alguna vez he preguntado a personas acerca de este concepto, me han contestado que ser asertivo sería ser seguro de sí mismo, pues bien ya vemos que no es así, aunque realmente ocurre que la persona asertiva, o que desarrolla esta habilidad, acaba siendo más segura de sí misma, pues establece sus relaciones desde la manifestación de sus opiniones o sentimientos de manera respetuosa, pero sin guardárselos, lo que permite una relación más auténtica y fluida con las personas. Por otra parte, con esta práctica, uno cosecha un mayor respeto, y además desde su autenticidad, desde su realidad, consiguiendo que dichas relaciones sean fluidas, lo que redundará en el auto respeto y la confianza en uno mismo.
En el ejemplo de más arriba, al decir a la persona que guarde la cola, estaríamos ante una oposición asertiva, sin embargo, existe también lo que denominamos aceptación asertiva, que sería la capacidad de recibir y expresar reconocimiento. Frecuentemente nos encontramos con personas que les cuesta expresar gratitud o admiración, o recibirla sin turbarse, no obstante son  importantes, pues estas habilidades mejoran las relaciones personales porque refuerzan conductas deseables, fomentando su frecuencia, la autoestima y la confianza, y por tanto el establecimiento de relaciones más positivas con los demás.
Cuando la conducta no es asertiva, la persona no logra defender sus derechos, ni logra hacerse entender o ser comprendido y por consiguiente puede reforzar la idea de no ser aceptado por los demás. De hecho en la fobia social, por ejemplo, observamos la carencia de habilidades asertivas, que junto a una serie de creencias falsas o irracionales acerca de sí mismo y del juicio de los demás respecto a uno, mantienen al fóbico en esa situación de indefensión e inoperatividad en las situaciones sociales, que a la postre lo que hacen es mantener y desarrollar su fobia.
En el comportamiento asertivo hemos de tener en cuenta tanto los aspectos de comunicación no verbal, como los verbales. Los aspectos a considerar en la comunicación asertiva no verbal, serían: el contacto visual, los gestos, el volumen de voz, los silencios o pausas, un tono afectivo, y la postura corporal. Explicándolo de manera superficial sería mirar a los ojos a nuestro interlocutor, tener una gestualidad enfática pero respetuosa evitando gestos agresivos, con un volumen de voz ni alto ni bajo y sin titubeos, haciendo los silencios pertinentes que den oportunidad a nuestro interlocutor de expresarse, con un tono convincente adaptado al contenido de lo que se expresa pero sin agresividad en ningún caso, con una postura erguida pero relajada y ni cabizbajo ni altivo y mirando a los ojos.
En cuanto a los componentes verbales, el primero de todos ellos sería demostrar un nivel de comprensión de la creencia, opinión o actitud del otro, entendiendo que comprender no significa estar de acuerdo, por ejemplo podemos comprender que alguien esté convencido que es bueno pegar a los hijos para educarlos, porque así le educaron a él y por los modelos que ha tenido, sin embargo estamos en desacuerdo total, lo que no impide mostrar comprensión, “comprendo tu punto de vista al respecto por la forma en que te han educado etc.”. El segundo, tras haber mostrado comprensión del punto de vista del otro, expresaremos el problema de forma concreta y clara, por ejemplo “sin embargo creo que tu hijo no se sentirá querido por ti y es posible que su conducta empeore…”. Tercero, mostraremos el desacuerdo: “por tanto no estoy de acuerdo en que continúes pegándole…”. Cuarto, solicitaríamos el cambio de actitud: “por ello te agradecería que dejases de hacerlo…”. Quinto, propondríamos soluciones: “creo que sería mejor que hablases con él, le propusieras otras actitudes, reforzases sus aspectos positivos cuando su conducta es adaptada, etc.”
Por último me gustaría explicar una técnica asertiva entre las muchas que hay, que utilizaremos cuando nos envuelva una emoción negativa hacia otra persona, que de no utilizarla no nos queda otro camino que callar o mostrarnos agresivos y como vemos, no es lo más conveniente. La llamaremos “técnica para la expresión de emociones negativas”. Lo primero será describir la conducta del otro de forma objetiva, o repetiremos exactamente lo que ha expresado, diciendo: “has dicho…”, seguidamente le diremos cómo interpretamos sus actos o lo dicho, admitiendo al mismo tiempo que somos conscientes que nuestra interpretación puede ser incorrecta, para inmediatamente expresarle cómo nos sentimos como consecuencia de dicha interpretación, después le preguntaremos acerca de lo acertado o equivocado de nuestra interpretación y según su repuesta, le solicitaremos un cambio de actitud o rectificación o pediremos disculpas por nuestra equivocada interpretación, esto nos permitirá no guardarnos las cosas y comunicarnos eficazmente en situaciones de conflicto.

miércoles, 25 de enero de 2012

Timidez y Fobia Social

Timidez y fobia social son dos términos en los que no está clara la frontera entre ambos. De hecho, el tímido manifestará su timidez en las circunstancias sociales en las que se vea envuelto, encontrándose nervioso, incómodo, dudando de sus capacidades de adecuación y respuesta. Por otra parte la fobia social nos habla de un alto grado de ansiedad ante situaciones sociales, sin embargo, sí podemos poner la frontera al definir el concepto de fobia como un miedo exagerado, potenciado porque la persona ha aprendido a controlarlo evitando afrontar la situación temida.

Es decir el tímido se pondrá nervioso, pero generalmente afrontará las situaciones sociales, de este modo, a medida que pasa el tiempo se verá más y más cómodo en aquellas circunstancias que en un principio le incomodaban y en las que no se sentía tranquilo, relajado. Así podemos ver como grandes tímidos pueden dirigirse a un parlamento, por ejemplo, con total soltura y tranquilidad, como consecuencia de la experiencia positiva de repetir la acción exitosamente, naturalmente con esta actitud consistente en encarar lo temido no se desarrollará una fobia social y si en cambio una seguridad personal.

El fóbico, puede haber sido un tímido que en un determinado momento habiendo tenido que afrontar una circunstancia social se ha puesto muy nervioso y su respuesta ha sido irse o negarse a encarar dicha circunstancia, así de forma inmediata se quedará tranquilo, pero esta tranquilidad será un refuerzo positivo, un premio a la conducta de evitación - sabemos que toda conducta que va seguida de un refuerzo positivo tiende a aumentar su frecuencia -, de este modo la próxima vez tendrá una mayor tendencia a evitar de nuevo afrontar dicha circunstancia, con lo que cada vez el miedo será mayor. Por otro lado, en el nivel de pensamiento, la idea que tiene respecto a su falta de capacidad para afrontar lo temido, se verá reforzada, ayudando a aumentar la conducta de evitación y por lo tanto el miedo irracional y en último término la aparición de la fobia.

Precisamente el miedo excesivo, irracional, sería otra de las características que nos ayudarían a diferenciar entre miedo y fobia. Queremos decir que las situaciones temidas, objetivamente no han de entrañar ningún peligro, como son por ejemplo comer con unos compañeros de trabajo o entrar a una tienda a comprar algo y sin embargo haber sido evitadas, aquí si podríamos hablar de fobia.

Además en la medida que la persona con fobia social no afronta esas circunstancias está impidiéndose el aprendizaje de técnicas y habilidades sociales que sólo se desarrollan con la práctica.

Todas las fobias conllevan un alto nivel de ansiedad y por tanto una serie de síntomas físicos que la persona tratará de evitar que se manifiesten eludiendo dichas situaciones. Estos síntomas son sequedad de boca, sudores, temblores, palpitaciones falta de concentración, sensación de mareo, rigidez muscular, etc., lo pasa tan mal, que aprende a evitar afrontar lo temido, aumentando así sus temores, la aparición de los síntomas y las ideas de incapacidad.

Las circunstancias que temen son muy variadas y van desde el temor a que les presenten a otras personas, comer o beber en público, llegar a ser el centro de atención, ser observados, hablar en público o ante un grupo de amigos, reclamar un derecho, ir a fiestas o reuniones, realizar compras en comercios, etc...

Normalmente hablamos de dos tipos de fobia social que son la específica y la generalizada. La específica sería una fobia muy concreta a una situación, como por ejemplo dirigirse verbalmente a un grupo, pero no presenta problema para el resto de situaciones sociales. La generalizada sería una fobia a todo tipo de situaciones sociales.

Al final la persona que padece este problema, sobre todo si se trata de la fobia social generalizada, ve como toda su vida está condicionada por la fobia que le incapacita, limita e impide llevar una vida normal, con un alto nivel de sufrimiento que a la postre le llevará a solicitar ayuda.

La ayuda psicológica habrá de trabajar en varios frentes. Uno será el de la información, es decir la comprensión por parte del paciente de cómo se ha originado y desarrollado el problema, otro frente de trabajo será el del pensamiento, con las técnicas de la terapia cognitiva, otro más el control de la ansiedad mediante el aprendizaje de técnicas de relajación, otro el entrenamiento en habilidades sociales y por último la exposición gradual a las situaciones temidas.

Concluiremos diciendo que estos problemas son mucho más fácilmente resolubles en sus etapas iniciales que cuando después de años están amplia y profundamente arraigados. A veces comprendiendo lo que está empezando a suceder y analizando como está actuando la persona y las consecuencias que pueden derivarse, surge la orientación adecuada y las acciones encaminadas a que uno se quede simplemente en ser un poco tímido, cosa por otro lado absolutamente normal, sin pasar a desarrollar una fobia, que ya sería un problema más serio y más dificultoso de resolver.

Miguel Ángel Ruiz González


jueves, 15 de diciembre de 2011

El Lienzo de la Vida


Psicólogos Bilbao

Me gustaría comenzar esta reflexión haciendo mención a Viktor Frankl, ya que él, como creador de la Logoterapia, quiso trasmitirnos que su proceso psicoterapéutico consistiría en enfrentar al paciente con el sentido de su propia vida y posteriormente confrontar su conducta con ese sentido de la vida. En definitiva, sería encontrar un sentido a la propia vida y desarrollar la conducta que nos lleve en esa dirección.

Sin embargo, hay muchas y muy diferentes personas, las hay con grandes y con pequeños desarrollos intelectuales, con muchas a la vez que muy enriquecedoras experiencias y con muy pocas, muy inteligentes y lo contrario, las que buscan un sentido a la vida y las que no, y también todas las que estarían en puntos intermedios. Lo que si parecen buscar muchas, es ser felices, unas de unas maneras y otras de otras, pero todas afanadas en intentar disfrutar y ser felices, siendo ese su principal sentido para la vida, salvo las que están, simplemente, entregadas a conseguir no sufrir, por tanto parece que no todas estarían a la búsqueda de un sentido de la vida, pues algunas tendrían bastante con encontrar alimento o un lugar para dormir, a no ser que, desgraciadamente, ese fuera su sentido en la vida, sobrevivir. Cuando nuestra vida pierde sentido, deja de ser valorada y es una de las formas de entrar en depresión.

El lienzo de la vida sería la vida que cada uno de nosotros ha de realizar, quiero hacer la comparación de la vida a vivir, con un lienzo a pintar. Me parece adecuada la comparación porque podemos ver vidas que han sido largas y muy prolíficas, llenas de sentido, serían lienzos grandes con muchas pinceladas y de gran calidad. Nuestra vida sería un cuadro que pintamos y en el que solo podemos dar una pincelada cada vez, una en cada instante, una pincelada con más o menos acierto, destreza o maestría.

Al igual que en otras empresas de la vida, si nos adelantamos a pensar en el enorme camino a recorrer, probablemente no comenzaríamos la andadura. Me gusta mucho el dicho chino que dice “la caminata más larga comienza con un primer paso”, tratando de hacernos entender que solo podemos dar un paso cada vez y que no es bueno que nos salgamos del instante presente, pensando en lo largo de la andadura, simplemente un paso, una pincelada cada vez.

No hay otro tiempo para vivir que el instante presente, de hecho nunca hemos vivido otra cosa más que eso, un instante presente. El pasado no existe, ni el futuro  tampoco, sin embargo, muchas veces estropeamos este instante presente con culpabilidades del pasado o con preocupaciones por el futuro, sin darnos cuenta de que la mejor manera de que cuando ese futuro sea presente, y para que sea el mejor posible, es dando la máxima calidad al instante presente que vivo de forma continua, de ese modo llegarán otros instantes presentes, es decir crearé un buen futuro, que no será otra cosa que el resultado de ese pasado que ya viví como un presente continuo.

Me gusta explicar a mis clientes que la felicidad es un sentimiento que nace de nuestro interior, no es algo que nos venga de fuera, es algo que sentimos y que es la consecuencia de nuestros actos y pensamientos. Entiendo que hay personas que dirán que son felices, por ejemplo, cuando se sienten amadas y eso vendría de fuera, pero yo les diría que lo que viene de fuera es el amor que el otro me da, sin embargo mi felicidad vendría de mi pensamiento valorando ese amor, o de mi conducta de agradecimiento, es por ello, por lo que en última instancia somos los responsables de nuestra felicidad, pues también podría pensar por ejemplo en qué estará buscando esta persona, o que tiene un interés de algo, o lo que sea, y ya no estaré feliz ante el mismo hecho. Por cierto, está muy bien que sea así, ya que de otro modo la felicidad de cada uno estaría en manos de otros y eso nos imposibilitaría ser felices a menos que los otros quisieran, lo cual sería absurdo.

Por tanto, si podemos afirmar que la felicidad es un sentimiento que nace de nuestro interior y lo hace como consecuencia de nuestros pensamientos y acciones y comprendemos que solamente podemos ser felices en el instante presente que vivimos, la felicidad empieza a dejar de ser algo difícil de alcanzar y comienza a ser el resultado de una pincelada en cada instante.

Habremos de empezar a reflexionar sobre qué pensamientos y actos nos hacen ser o sentir felices. Parece que hay unanimidad respecto a alguna acción o conducta, que hace felices a las personas y es el amar. Pero ¿qué es amar?, ¿qué es el amor? Hay multitud de definiciones sobre ello, aunque hay una que he leído recientemente, de Jorge Bucay y que me parece especialmente hermosa y dice: “Para mí, el amor es la decisión sincera de crear para la persona amada un espacio de libertad tan amplio, tan amplio, tan amplio, como para que ella pueda elegir hacer con su vida, con sus sentimientos y con su cuerpo lo que desee, aún cuando su decisión no me guste, aún cuando su elección no me incluya”.

En esta definición, está claro que el acto de amar es independiente de la conducta del otro, es decir amo sin condición, sin embargo añadiría algo más que el espacio de libertad creado para la persona amada, y serían las pinceladas a las que hago referencia arriba para componer el lienzo de la vida, que para mí serían el interés por la otra persona, la muestra de afecto, la ayuda, la admiración, el respeto, la comprensión, la entrega, el perdón , la tolerancia, la compañía, etc., etc.

Psicólogos Bilbao

Los psicólogos nos encontramos en nuestro trabajo permanentemente, las razones por las cuales las personas sufren o tienen conductas y pensamientos negativos que no solo perjudican a los demás, sino especialmente a ellos mismos. Siempre hay unas razones por las cuales las personas se encuentran en el momento histórico en el que se encuentran, por ejemplo es ciertamente más fácil, o se tendrán más probabilidades de ser feliz, si uno ha sido amado, tratado, educado mejor, que si uno ha carecido de esas condiciones. Comprender eso ayuda a amar, a ser más comprensivo, empático y por tanto a ser más feliz.

Es curioso que en esta sociedad las personas más necesitadas de amor sean las menos amadas y al contrario, las menos necesitadas de él, suelen ser las más amadas. Generalmente una persona excelente, quiero decir muy desarrollada, madura, equilibrada, con gran capacidad de amar, que ostenta un buen control de su conducta, que ha encontrado el sentido de su vida y que sabe ser feliz como consecuencia de sus actos y pensamientos, es muy probable que sea muy amada, pero no lo necesite, lo que no significará que no le agrade, pero no lo necesita. Por otro lado la persona cargada de resentimiento, mal educada, vengativa, con conductas y pensamientos muy negativos, será difícil que pueda ser amada, es más, es muy probable que se dé para ella todo el reproche social e incluso la hagamos víctima de nuestros odios y la metamos en la cárcel, pero ¿así la ayudamos? Se dice que el amor todo lo cura, sin embargo hemos de curar al enfermo, no al sano y si nos fijamos hacemos al revés: curamos=amamos al sano y dejamos de lado, encerramos, marginamos al enfermo.

Por todo ello para seguir pintando nuestro propio lienzo hemos de descubrir qué pinceladas, de qué color y forma son las más adecuadas para conseguir la figura, fruta o nube que deseamos pintar, es decir cuáles son nuestras conductas, cuáles son nuestros pensamientos que mejor propician el sentido que quiero dar a mi vida y se traducen en un estado de equilibrio, paz, bienestar y felicidad.

Resumiendo, imaginemos que el sentido que uno quiere dar a su vida es el de ser feliz, habrá de descubrir qué le hace feliz y desarrollar aquellas conductas y pensamientos que le lleven a ello, habrá de entender que en ocasiones, para la consecución de un objetivo harán falta muchas pinceladas. Pongamos un ejemplo, uno descubre que es feliz sanando, ayudando a la gente en su salud, es lógico que se trace el objetivo de ser médico, sabe que eso requiere de varios años, dedicación y esfuerzo, pues bien será conveniente que cada pincelada, cada minuto de estudio, de prácticas, sea llevado a cabo con la actitud y el pensamiento más positivo que facilite el conocimiento y a la vez la satisfacción, sin relegar el ser feliz a la consecución del logro, que será terminar la carrera y poder ejercer como médico.

Muchas veces y lo vemos frecuentemente en consulta, algunas personas, sin darse cuenta, ellas solas se quitan las posibilidades de ser felices, pues comentan cosas como “seré feliz cuando termine la carrera”, o “cuando me independice”, o “cuando consiga determinado objetivo profesional”, o cualquier otra cosa, sin darse cuenta que de algún modo están diciéndose que no serán felices hasta conseguir determinado objetivo, ellas solas se quitan la posibilidad de ser felices, cuando hay que serlo aquí y ahora. No se debe concebir la felicidad como un objetivo a conseguir, sino como una forma de vivir la vida, centrándose en el ahora y en la mejor actitud explícita y de pensamiento que me hace sentirme lo mejor posible. Solemos creer que son las circunstancias las que nos hacen felices o infelices pero no es así, en consulta podemos apreciar esto al ver por ejemplo, personas a las que se les ha muerto el perro y están muy deprimidas y vemos a otras que llevan mucho mejor muertes de seres más importantes y más amados que para la persona del ejemplo el perro, y es que, como dijo Epicteto, no son las cosas lo que trastorna a las personas, sino sus puntos de vista, sus opiniones o interpretaciones de las cosas, por ello será importante tomar conciencia de nuestro estilo de pensamiento.

Nuestros puntos de vista, opiniones o interpretaciones de las circunstancias que nos envuelven, producen distintos estados emocionales en función de los cuales actuamos, damos o no, unas pinceladas u otras y dependiendo de éstas, de la calidad y cantidad de ellas, saldrá un cuadro hermoso o no. A medida que vamos dando más y más pinceladas, vamos desarrollando más maestría y conocemos mejor qué tipo de pincelada es más conveniente en cada momento.



Miguel Ángel Ruiz González


martes, 22 de noviembre de 2011

Sobre lo Heredado y lo Aprendido

Es esta cuestión un tema muy controvertido en psicología, es frecuente que surjan debates y diferencias de opinión cuando se trata de determinar qué conductas, o qué trastornos psicológicos heredamos y cuáles de alguna forma son adquiridos, aprendidos. El que esto escribe está convencido de que, en una gran medida, mucho es lo aprendido, ya que se observa en el ejercicio como psicólogo clínico que detrás de casi todos los trastornos mentales, en un porcentaje altísimo, se encuentran datos muy relevantes en este sentido, a menudo la historia del individuo llega a explicar el por qué de los problemas psicológicos actuales que presenta el paciente.

Suele ser como un puzzle que se va componiendo poco a poco a medida que se va conociendo a la persona y su historia personal, y que al final, en muchos casos, explica la problemática actual que abruma a la persona.

Pero pongamos algunos ejemplos clarificadores en este sentido. Vemos personas que presentan o que padecen fuertes sentimientos de inseguridad o miedos irracionales, suelen tener una historia en la que la educación ha sido llevada desde la transmisión de peligros, miedos, por un determinado estilo educativo del tipo “cuidado con esto, con lo otro”, “qué dirá la gente”, o también de una manera sobre protectora que impide que el educando, el niño, realice actos que a la postre son los que dan la confianza  y el éxito, como por ejemplo “tú no estás preparado para esto o aquello”, “mejor que no vayas, mira que si te pasa algo...”, por otro lado la sobreprotección transmite indirectamente la idea a la persona, al niño, de que por sí mismo, no puede realizarlos, que no tiene la capacidad, además es algo que está comunicando, generalmente el padre o la madre, personajes estos muy valorados y considerados por el menor, en ellos se confía, su opinión “va a misa”, así resulta que el niño no ensaya la conducta y por consiguiente no obtiene el éxito y no se produce el aprendizaje, otros niños sí lo harán y a este menor se le reforzará la idea de que él no es capaz de hacer esto o aquello y su inseguridad se irá desarrollando. En la medida en que esto ocurra, ensayará menos conductas, obtendrá menos éxitos, tomará mayor conciencia de su inferioridad y será cada vez más inseguro.

Lo que nos da la confianza, la seguridad de que somos capaces de hacer algo, o de que dominamos cualquier actividad,  es la realización exitosa y si no hay ensayo, intento, afrontamiento, no surge la confianza en uno mismo.

En otras ocasiones, la inseguridad, la fobia o miedo irracional proviene de experimentar una circunstancia vital angustiante, por ejemplo una madre enferma, muriéndose durante largo tiempo, lleva al niño a vivir en una continua incertidumbre respecto al futuro y por lo tanto a temerlo y con miedo, de este modo nuestro actos se ven condicionados hacia la no realización o realización torpe, de lo que se va a desprender el no aprendizaje o el convencimiento de incapacidad y por lo tanto inseguridad.

Así es que hemos de considerar que frases del tipo “nació miedoso” han de ser puestas en tela de juicio, ya que si en vez de ello decimos que aprendió a ser miedoso, se nos abre la expectativa positiva de que podría aprender a ser más seguro, menos miedoso. Lo que somos es bastante difícil de cambiar, pero lo que hemos aprendido es susceptible de modificarse.

Heredamos potencialidades que en función de las circunstancias se desarrollarán o no. Esto ocurre hasta con cosas que consideramos totalmente heredadas, como por ejemplo la estatura, así, por ejemplo, una persona que mide 1,75 habría heredado la potencialidad de medir entre 1,70 y 1,80 y dependiendo de la alimentación, ejercicio y otras condiciones llegará a una determinada altura.

La conducta no se hereda se aprende. Imaginemos una situación de peligro en la que podemos ser agredidos por un perro, habremos heredado la natural tendencia a activarnos fisiológicamente, como son el aumento de los latidos cardíacos, pilo erección, sudoración, dilatación pupilar, etc. que nos permitirán responder con mayor eficacia ante el peligro, pero la conducta que se produzca va a ser muy diferente en función de que a uno de niño le mordiera un perro y por tanto les tenga miedo, a la que tendrá un adiestrador de perros, y estas experiencias condicionarán incluso, la intensidad de la activación fisiológica que presente el individuo.

Por tanto podemos concluir afirmando que las experiencias y el aprendizaje tienen un enorme peso en las diferencias y facultades que observamos entre los individuos, de hecho hemos oído en muchas ocasiones a personas que consideramos genios, que explicaban que las razones de sus éxitos o logros derivaban del trabajo, y esto, el trabajo, es realización, experiencia y no genética. De hecho a lo largo de la vida todos hemos observado que personas con dotaciones genéticas inferiores han alcanzado mayores éxitos que otros más dotados y la diferencia ha sido el esfuerzo, la realización, la motivación, la autoconfianza, todas ellas cuestiones aprendidas, adquiridas en una buena educación y otras circunstancias favorables.

Miguel Ángel Ruiz González