En psicoterapia lo más importante no es decir ni explicar a la persona lo que tiene que hacer o dejar de hacer, sino conseguir que haga aquello que le lleva a satisfacer sus objetivos de equilibrio personal y social. (Miguel Ángel Ruiz González)
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miércoles, 11 de julio de 2012
Cuando la Ansiedad se convierte en Problema
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martes, 19 de junio de 2012
HIPOCONDRÍA
El término hipocondría hace referencia a una parte del cuerpo, concretamente, a la zona debajo de las costillas y del cartílago xifoides, en la que según Galeno, se encontraba la bilis negra, considerada en la teoría de los humores como la causante de la melancolía. Actualmente entendemos el término como una preocupación excesiva por la propia salud, reconociendo dos de las características de aquella definición: la "preferencia" por síntomas abdominales o gastrointestinales en los pacientes hipocondríacos y la frecuente asociación de esta condición con depresión, o por lo menos con un tono de ánimo bajo.
Los criterios para el diagnóstico se caracterizan por una existencia de síntomas físicos, por un temor a la enfermedad y una reacción de alarma ante cualquier posible signo indicativo de enfermedad, por una convicción de enfermedad, a pesar del diagnóstico negativo y la tranquilización del médico, por una preocupación general con el cuerpo, con una auto observación cuidadosa y constante, también es característica la realización de conductas propias de enfermos, como la búsqueda constante, insistente e insatisfactoria de médicos y especialistas que detecten su problema, así como por una interferencia del problema en el área laboral, social y personal del paciente. Será preciso asimismo que no exista lesión orgánica o enfermedad física que pueda explicar los síntomas que se experimentan, y que no se de una condición psiquiátrica previa de la que puedan formar parte los síntomas hipocondríacos, como ocurriría en el caso de depresión mayor o esquizofrenia.
Por todo ello, la terapia seguirá una serie de pasos, siendo el primero dar una información precisa sobre el problema y el tratamiento a seguir al paciente y sus familiares, hemos de aceptar que todos los síntomas y molestias que siente son verdad y que él no encuentra explicación a lo que está sucediendo y que por tanto entendemos que hasta ahora haya pensado que tenía una enfermedad importante, pero esos síntomas se producen también por otras causas, así trataremos de que establezca "hipótesis alternativas" de explicación de sus dolores o síntomas, como que el temor y el miedo llevan aparejadas todas esas molestias. De otro modo, si interpreta incorrectamente las molestias ("esto que me pasa no es normal, mira que si tengo un tumor..."), la tendencia natural será estar muy atento a las señales, así se tocará, comparará su estado con el de los demás, se auto observará, etc., y con ello lo que conseguirá es aumentar los malestares y por consiguiente más esa auto observación negativa y los pensamientos terroríficos de pérdida de la salud irán aumentando, creando un círculo vicioso cada vez más angustiante. Resumiendo debe comprender que la excesiva preocupación por su salud es el problema que debe aprender a resolver, también debe aprender a vivir con el mismo riesgo que las demás personas, el de no tener garantías de que no se pueda coger una enfermedad grave, ha de aprender a enfrentarse y a no evitar sus temores.
Convendrá también modificar desde el principio las conductas hipocondríacas específicas que el paciente está realizando y por las que puede estar siendo reforzado, como visitar innecesariamente especialistas, realización de análisis y otras pruebas diagnósticas, hablar de los problemas de su salud a familiares, amigos o compañeros de trabajo, preguntar detalles sobre las enfermedades de otros, palparse, automedicarse, etc. Habrá que reinstaurar gradualmente y dirigido por el terapeuta, las actividades que hubieran quedado alteradas o suspendidas por causa de la hipocondría (actividad social, laboral, ejercicio, realización de hobbies, etc.).
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miércoles, 18 de abril de 2012
Sobre la Culpabilidad y la Preocupación
La culpabilidad y la preocupación son dos emociones inútiles muy arraigadas en el psiquismo del ser humano y es que nos han enseñado que preocuparse indica la bondad de quien se preocupa y que no sentirse culpable de los errores cometidos no es correcto. Nos han trasmitido que no preocuparse no es humano, es decir cuando algo difícil nos espera en un futuro habría que preocuparse y sufrir por ello. Por otro lado cuando hemos hecho algo mal hemos aprendido a culpabilizarnos, martirizarnos dando vueltas a aquello que hicimos mal y también a sufrir por ello.
Ambas emociones, sin embargo, hacen referencia a otros tiempos, es decir la preocupación está referida al futuro y la culpabilidad al pasado y lo malo es que ocurren en el momento presente menguando o eliminando el estado de bienestar de ese presente y convirtiéndolo en malestar. Además tampoco mejoran la capacidad de acción, ya que emocionalmente nos sentimos mal.
Si en el pasado cometimos un mal acto, angustiarnos pensando en lo mal que hicimos, es decir, sintiéndonos culpables, no modificamos nada, salvo conseguir aumentar el malestar en el momento presente, ¿no sería más acertado dedicar el tiempo presente a actuar de tal modo que arreglemos o reparemos el mal causado y no perderlo con ese sentimiento inútil que, como decimos, solo sirve para sufrir?
De todos modos no hemos de confundir la preocupación con el análisis de posibles consecuencias negativas que pueden derivarse de la realización de un plan que vamos a llevar a cabo, esto resulta positivo si con ese análisis vamos estableciendo soluciones a los posibles problemas que pudieran surgir, esto sería ocuparse y no preocuparse. Queremos referirnos a la preocupación como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas negativas que pueden llegar a suceder en el futuro.
Nunca toda la preocupación o culpabilidad arreglaron o modificaron nada, salvo tornar el bienestar en malestar en el momento presente. Ni un solo momento de preocupación o culpabilidad logrará mejorar las cosas.
Pongamos un par de ejemplos. ¿De que le sirve a un estudiante pensar en la posibilidad de suspender un examen, es decir preocuparse? Mientras está preocupándose no adelanta nada y sí, sin embargo, pierde el presente al no dedicarlo a lo que realmente sería útil, estudiar; en el momento en que deja de preocuparse y pasa a ocuparse, a estudiar, es cuando empieza a reducir la posibilidad de suspender; con la preocupación se angustia y la posibilidad de un rendimiento positivo del estudio se desvanece, es más con la preocupación se bloquea y como decimos no adelanta nada.
Otro ejemplo, si tenemos un bulto o cualquier signo de enfermedad, ¿de qué nos sirve martirizarnos pensando en posibles graves enfermedades? Evidentemente de nada, ya que lo eficaz será ir al médico y poner remedio. Una vez más lo válido será ocuparse y no preocuparse.
Ahora pongamos otro ejemplo de culpabilidad. Supongamos que ayer un comportamiento nuestro causó daño a una persona ¿de qué servirá sentirnos culpables y martirizarnos por ello? ¿No será más eficaz reparar el mal causado y asumir la responsabilidad correspondiente? Naturalmente, de otro modo no hacemos nada salvo sufrir y estropear el momento presente que estamos viviendo.
Estas dos emociones son muy frecuentes en los desequilibrios psicológicos de las personas y los técnicos en salud mental los observamos a diario, viendo como nuestros pacientes sufren sin que ello sirva de nada. El por qué están tan arraigadas en nuestra cultura parece obedecer a diferentes razones, enumeraremos aquí algunas de ellas.
La culpabilidad se utiliza para dominar a otra persona, es un método eficaz para doblegar a otro a nuestros intereses y que de ese modo actúe como yo deseo. Un ejemplo sería el de la madre que dice a su hijo que le disgusta mucho, que le hace sufrir mucho, si consigue su objetivo conseguirá que el niño se sienta culpable y que éste se vea abocado a modificar su comportamiento, para compensar el sentimiento de culpa, pero si es utilizado como método educativo será peor el remedio que la enfermedad, pues favorecerá la inseguridad y mala conciencia de sí mismo en su hijo.
Respecto a la preocupación podemos decir que tiene, muchas veces, una retribución, y es que si estamos muy preocupados, podemos estar eximidos de tener que afrontar positivamente con la responsabilidad que exige tener que actuar, para evitar las posibles consecuencias negativas que prevemos pueden ocurrir. Dicho de otro modo, podemos evitar tener que correr riesgos usando las preocupaciones como excusa para inmovilizarnos. “No puedo hacer nada, estoy tan preocupado”.
Hemos mal aprendido que un buen padre se preocupa de sus hijos de su esposa o de lo que sea, en lugar de que un buen padre se ocupa de sus hijos, esposa o lo que sea.
Suelo decir que Teresa de Calcuta no se preocupaba de sus leprosos sino que se ocupaba, de no ser así, esta mujer, no hubiera podido trasmitir su fortaleza y alegría interior, como tampoco podría haber ayudado tanto a estos enfermos, pues a una persona preocupada se le nota su sufrimiento y malestar, así como bloqueo y con eso no se adelanta mucho.
Hemos de aprender a vivir el presente, ya que nunca vivimos otro tiempo que no sea el presente, el pasado ya lo vivimos, el futuro, tal vez, lo viviremos. La culpabilidad es referida al pasado y la preocupación al futuro, por tanto aprender a vivir el presente, el ahora, y no perderlo con pensamientos inmovilizantes sobre el pasado o futuro, parece ser una buena manera de mejorar nuestra calidad de vida.
Miguel Ángel Ruiz González
info@psicologosbilbao.es
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jueves, 23 de febrero de 2012
Agresividad, Asertividad e Inhibición
La asertividad es la capacidad de expresar directamente nuestros sentimientos, pensamientos y opiniones sin agresividad.
Es una capacidad que nos permite defender nuestros derechos sin sentirnos mal al hacerlo, ya que permite expresar lo que deseamos, opinamos, pensamos o sentimos, sin agredir, y al mismo tiempo sin quedarnos mal, como sucede en la inhibición o no-expresión o con la conducta agresiva, por otra parte ha de ser una comunicación eficaz, es decir, conseguir el objetivo que uno pretende, siendo éste el de establecer relaciones positivas con los demás y en caso de conflicto, causando el mínimo perjuicio a uno mismo, al otro y a la relación.
Sería una conducta intermedia entre la inhibición y la agresividad, eso sí, más adecuada para una correcta comunicación, que ha de ser respetuosa con el otro, pero que a la vez permita saber al otro nuestro punto de vista o sentir.
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| Asertividad |
Pongamos un ejemplo, imaginemos que estamos haciendo cola para ser atendidos en cualquier servicio, tienda, cine o restaurante, entonces viene una persona que sin mediar palabra se nos cuela, tendríamos tres posibles alternativas: la primera sería callarnos y dejar que se cuele, la segunda alterarnos, subir el tono y llamarle cara dura o algo parecido y la tercera, simplemente decirle que por favor se ponga a la cola como el resto de las personas, en tono amable pero firme.
Pues bien, aquí tenemos las tres posibles respuestas a una misma situación, la primera sería la inhibición, la segunda la agresividad y la tercera la asertiva.
La asertividad es una habilidad y por tanto susceptible de ser aprendida y de desarrollarse mediante un entrenamiento.
Cuando alguna vez he preguntado a personas acerca de este concepto, me han contestado que ser asertivo sería ser seguro de sí mismo, pues bien ya vemos que no es así, aunque realmente ocurre que la persona asertiva, o que desarrolla esta habilidad, acaba siendo más segura de sí misma, pues establece sus relaciones desde la manifestación de sus opiniones o sentimientos de manera respetuosa, pero sin guardárselos, lo que permite una relación más auténtica y fluida con las personas. Por otra parte, con esta práctica, uno cosecha un mayor respeto, y además desde su autenticidad, desde su realidad, consiguiendo que dichas relaciones sean fluidas, lo que redundará en el auto respeto y la confianza en uno mismo.
En el ejemplo de más arriba, al decir a la persona que guarde la cola, estaríamos ante una oposición asertiva, sin embargo, existe también lo que denominamos aceptación asertiva, que sería la capacidad de recibir y expresar reconocimiento. Frecuentemente nos encontramos con personas que les cuesta expresar gratitud o admiración, o recibirla sin turbarse, no obstante son importantes, pues estas habilidades mejoran las relaciones personales porque refuerzan conductas deseables, fomentando su frecuencia, la autoestima y la confianza, y por tanto el establecimiento de relaciones más positivas con los demás.
Cuando la conducta no es asertiva, la persona no logra defender sus derechos, ni logra hacerse entender o ser comprendido y por consiguiente puede reforzar la idea de no ser aceptado por los demás. De hecho en la fobia social, por ejemplo, observamos la carencia de habilidades asertivas, que junto a una serie de creencias falsas o irracionales acerca de sí mismo y del juicio de los demás respecto a uno, mantienen al fóbico en esa situación de indefensión e inoperatividad en las situaciones sociales, que a la postre lo que hacen es mantener y desarrollar su fobia.
En el comportamiento asertivo hemos de tener en cuenta tanto los aspectos de comunicación no verbal, como los verbales. Los aspectos a considerar en la comunicación asertiva no verbal, serían: el contacto visual, los gestos, el volumen de voz, los silencios o pausas, un tono afectivo, y la postura corporal. Explicándolo de manera superficial sería mirar a los ojos a nuestro interlocutor, tener una gestualidad enfática pero respetuosa evitando gestos agresivos, con un volumen de voz ni alto ni bajo y sin titubeos, haciendo los silencios pertinentes que den oportunidad a nuestro interlocutor de expresarse, con un tono convincente adaptado al contenido de lo que se expresa pero sin agresividad en ningún caso, con una postura erguida pero relajada y ni cabizbajo ni altivo y mirando a los ojos.
En cuanto a los componentes verbales, el primero de todos ellos sería demostrar un nivel de comprensión de la creencia, opinión o actitud del otro, entendiendo que comprender no significa estar de acuerdo, por ejemplo podemos comprender que alguien esté convencido que es bueno pegar a los hijos para educarlos, porque así le educaron a él y por los modelos que ha tenido, sin embargo estamos en desacuerdo total, lo que no impide mostrar comprensión, “comprendo tu punto de vista al respecto por la forma en que te han educado etc.”. El segundo, tras haber mostrado comprensión del punto de vista del otro, expresaremos el problema de forma concreta y clara, por ejemplo “sin embargo creo que tu hijo no se sentirá querido por ti y es posible que su conducta empeore…”. Tercero, mostraremos el desacuerdo: “por tanto no estoy de acuerdo en que continúes pegándole…”. Cuarto, solicitaríamos el cambio de actitud: “por ello te agradecería que dejases de hacerlo…”. Quinto, propondríamos soluciones: “creo que sería mejor que hablases con él, le propusieras otras actitudes, reforzases sus aspectos positivos cuando su conducta es adaptada, etc.”
Por último me gustaría explicar una técnica asertiva entre las muchas que hay, que utilizaremos cuando nos envuelva una emoción negativa hacia otra persona, que de no utilizarla no nos queda otro camino que callar o mostrarnos agresivos y como vemos, no es lo más conveniente. La llamaremos “técnica para la expresión de emociones negativas”. Lo primero será describir la conducta del otro de forma objetiva, o repetiremos exactamente lo que ha expresado, diciendo: “has dicho…”, seguidamente le diremos cómo interpretamos sus actos o lo dicho, admitiendo al mismo tiempo que somos conscientes que nuestra interpretación puede ser incorrecta, para inmediatamente expresarle cómo nos sentimos como consecuencia de dicha interpretación, después le preguntaremos acerca de lo acertado o equivocado de nuestra interpretación y según su repuesta, le solicitaremos un cambio de actitud o rectificación o pediremos disculpas por nuestra equivocada interpretación, esto nos permitirá no guardarnos las cosas y comunicarnos eficazmente en situaciones de conflicto.
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