Páginas

jueves, 20 de octubre de 2011

¿Está en crisis el modelo familiar tradicional?

Los datos dicen que cada vez se celebran menos matrimonios en Euskadi, somos más individualistas. Por si esto fuese poco, los días después de las vacaciones de verano suelen ser los que propician un mayor número de separaciones y divorcios. Se abordaron estas realidades en Radio Euskadi con el sociólogo de la UPV/EHU Auxkin Galarraga y con el psicólogo Miguel Ángel Ruiz González (a partir del minuto 12). Nos habla entre otras cosas de algunos errores habituales que solemos cometer en pareja a la hora de comprender el amor. ¿Mi pareja está ahí para satisfacerme a mi y viceversa? O por el contrario, ¿ mi pareja está para que yo disfrute de amarle sin esperar recibir nada a cambio y viceversa?


info@psicologosbilbao.es

jueves, 15 de septiembre de 2011

El Puente

De una forma simplificada, podríamos decir que en terapia cognitiva partimos del principio de que muchos de los desequilibrios emocionales, son generados por la forma particular y anómala de interpretar o representarse internamente las circunstancias o hechos que acontecen en la vida de la persona. De ahí las grandes diferencias en los estados emocionales y también a la hora de responder, que se darían entre unos seres humanos y otros, ante las mismas situaciones. Por ejemplo, a la hora de afrontar dos personas, una misma situación, una sufriría muchísimo y la otra levemente o incluso podría generar una emoción positiva. Esta forma particular de representación interna, pensamiento o lenguaje interno, sería la clave para comprender la diferencia entre una y otra, y obedecería a unos patrones o esquemas cognitivos adquiridos y aprendidos a lo largo de la educación y experiencia de la persona.

Por tanto, bastaría recoger por escrito el pensamiento que fluye durante un estado emocional negativo, como puede ser la ira o la tristeza, para poder analizar y observar el tipo de error de pensamiento o forma concreta de valorar o pensar acerca de una determinada situación que tiene la persona, y así ayudarle a modificar el esquema cognitivo y racionalizar de manera más adecuada y no potenciadora de la emoción negativa.  La realización de estos registros y el posterior análisis con el terapeuta llevaría al paciente a ir aprendiendo y conociendo cómo piensa y cómo genera sus emociones y sufrimientos, lo que poco a poco iría provocando el que llegase el momento en que se adelantase a su propio proceso mental negativo, siendo consciente de cómo iba a valorar una determinada situación y por tanto a generar una emoción negativa, lo que le permitiría racionalizar a tiempo y/o aplicar recursos que modificasen el proceso que de otro modo iba a acabar produciendo la emoción no deseada y el sufrimiento consecuente.

Pues bien, este tipo de tratamiento muy eficaz y que llevo aplicando con éxito durante bastantes años y que como digo se llama terapia cognitiva, se ve notablemente mejorado y acelerado cuando el paciente comprende e introduce en la racionalización lo que he dado en llamar “el puente”.

Dicho concepto consistiría en unir el tipo de pensamiento negativo identificado, con su origen, es decir además de ser consciente del tipo de error cognitivo en el que se está incurriendo, trataría de establecer el por qué se produce, dónde se gestó, cuál es su origen.

Veamos un ejemplo.  Imaginemos un paciente que sufre en situaciones relativamente normales, como puede ser en cualquier interacción social, está con unos compañeros de trabajo y se encuentra sumamente nervioso. En esta situación y ante el nerviosismo que experimenta se le ha aconsejado que realice terapia cognitiva, habría de retirarse brevemente sacar su libreta y ponerse a escribir siguiendo un patrón concreto, que no vamos a explicar aquí, pero en el que la parte fundamental sería expresar por escrito los pensamientos que explicarían el nerviosismo que experimenta, esos pensamientos podrían ser del tipo “seguro que están pensando que yo no hablo”, “que soy muy raro”, “no van a querer estar conmigo”, “estarán pensando que estoy loco”, etc. Pues bien a parte de la racionalización que habría que hacer a estos pensamientos, además de otros recursos y por supuesto compartir más tarde todo ello con el terapeuta, ayuda mucho al paciente conocer el origen de ese estilo de pensamiento y traerlo a la mente lo antes posible. Es decir, es muy probable que en el proceso terapéutico, en las sesiones mantenidas con el psicólogo, hayamos descubierto las razones de ese estilo cognitivo, que bien podrían derivar, por ejemplo, de las maneras educativas de unos padres descalificadores, negativos, sobreprotectores o culpabilizadores, que con la mejor de las intenciones, pretendiendo motivar a su hijo, con el fin de que reaccione y aprenda, le decían cosas como “así nunca llegarás a nada”, “tú sigue así y ya verás...”, quita, quita, ya te lo hago yo que tú eres un inútil”, etc., etc.

Estos estilos educativos junto a otras circunstancias pueden haber propiciado la forja de un individuo con baja autoestima, inseguro , tímido, retraído,  y otros calificativos, pero hemos de considerar, que dichos adjetivos se van a manifestar en sus conductas y el pensamiento es una conducta. Y así debe la persona entenderlo, es decir que su sufrimiento procede de su pensamiento, y éste es una conducta concreta aprendida, porque también aprendemos a pensar, y que por consiguiente podemos corregir y para ello , como digo ayuda mucho que el paciente establezca “el puente” y pueda además de racionalizar, poder decir por ejemplo “esta forma de pensar la he aprendido porque al creer  que no satisfacía a mis padres o haber aprendido a creer que era más inútil que los demás, ahora soy víctima de esas creencias que me generan este sufrimiento”. Eso sería establecer “el puente” al que quiero referirme y que como digo ayuda al paciente a resolver sus conflictos de una manera más rápida y global, al no quedarse únicamente en la determinación de los pensamientos negativos, su análisis, sustitución y racionalización, sino también en la comprensión del por qué los tiene, de su origen y ello haciéndolo consciente en el momento en que está en la situación específica en la que está sufriendo.

Todo esto ayudará a la modificación del estilo de pensamiento y  por tanto a la no aparición de emociones negativas, permitiendo así una mejor adaptación a la situación concreta y a la vida en general.



Miguel Ángel Ruiz González

http://www.psicologosbilbao.es/

info@psicologosbilbao.es

martes, 16 de agosto de 2011

Maltrato Infantil

Miguel Ángel Ruiz González fue entrevistado en EITB el pasado 20 de junio sobre el Maltrato Infantil.

Click AQUÍ para ver entrevista
“Es muy difícil concluir donde esta la línea que determina cuando comienza un maltrato. Para definirlo, diríamos que sucede cuando hay un daño físico y/o psicológico, o existe un claro riesgo de que en un futuro, el niño, va a padecer unas consecuencias negativas de ese maltrato”.

Tras esta reflexión, nos planteamos si un cachete es o no maltrato. Miguel Ángel comenta lo siguiente:

Un cachete dado puntualmente una vez en la vida, evidentemente no va a traumatizar a nadie. Es un hecho negativo, el niño lo va a sufrir, va a llorar, pero no va a marcarle definitivamente.

Pegar un cachete a nuestros hijos parece ser una conducta aceptada socialmente. Y aquí comienza el problema. Pensar que el cachete es una conducta productiva para la educación de nuestros hijos, indica una falta de mejores recursos por parte de los padres. Si lo aceptamos y lo institucionalizamos, lo estamos estableciendo como norma, y en la norma, en la realización continua del cachete como forma educativa, estaremos haciendo un maltrato. El peligro está en que las personas que, por ejemplo, 3 o 4 veces por semana ponen en práctica esta acción, pensarán que están actuando de forma correcta al agredir a sus hijos.

Cuando aplicamos el castigo de una forma puntual, advirtiendo previamente al niño lo que va a acontecer, y aplicamos este castigo sin descargas emocionales, sin agresividad y estando el niño previamente advertido, no estaríamos haciendo ningún maltrato. Sin embargo, esta forma de aplicar el castigo, se utiliza muy de vez en cuando o muy rara vez. Lo que nos encontramos es un adulto que da un cachete, y al día siguiente no, porque está de buen humor, creando un estado de confusión en el niño. O por ejemplo, si un adulto se muestra tremendamente agresivo, arrea un bofetón, grita e insulta al niño, es probable que esta conducta este produciéndose a menudo, y si esto es así, y el niño es continua y frecuentemente víctima de ese maltrato, no va a poder tener un buen concepto de si mismo, puesto que es su padre el que le maltrata. Y a partir de ahí, en esa mala imagen es donde va a sobrevenir toda una patología, toda una problemática.

Quisiera creer que en la medida en que hay mayor formación y mayor conocimiento en la sociedad, así como hemos mejorado en alimentación, salud, higiene, etc… también lo vayamos haciendo en educación y vayamos entendiendo esto. Lo que si está claro es que las familias desestructuradas, personas drogadictas, delincuentes, o personas que tienen una patología mental de cualquier índole, no van a educar con la misma normalidad que puede hacerlo una persona sana.

¿Cuantas veces, gente que nos rodea, compañeros, personas con las que nos relacionamos, nos sacan de nuestras casillas? Sin embargo, no entendemos que debamos agredirles. ¿De donde sacamos que tenemos ese poder para dar un cachete al niño?

Para que un niño sea sano, tiene que quererse a si mismo, y el trato que le dispensan los padres es fundamental para que se forje una imagen sana de si mismo, que le permita relacionarse con el mundo de una forma relajada y positiva.

Miguel Ángel Ruiz González

http://www.psicologosbilbao.es/

info@psicologosbilbao.es

jueves, 7 de julio de 2011

Miguel_A._Ruiz_Gonzalez - Curas y Psicólogos

martes, 21 de junio de 2011

Las Raices de la Violencia

Las Raices de la Violencia
Nuestras creencias y nuestras maneras de procesar la información que recibimos a través de nuestros sentidos, es decir, nuestra forma de interpretar el mundo que nos rodea y las creencias que hemos adquirido y forjado en base a la educación, experiencias, etc., son las que van a determinar nuestros sentimientos y comportamientos.

En un principio, a lo largo de cientos de miles de años, la percepción de un ruido, la interpretación de peligro y la reacción primaria, instintiva, impulsiva e inmediata ha sido sumamente necesaria para sobrevivir. Imaginemos este tipo de reacción ante cualquier ruido en la noche, es decir, se produce un ruido, se interpreta como peligro, el homínido se activa, se sobresalta y reacciona cogiendo un arma y defendiéndose o poniéndose a salvo huyendo. Con que solamente una de cien veces fuera real la presencia de un predador peligroso y con dicha reacción salvara la vida, sería suficiente para justificar esta reacción impulsiva.

Es por todo ello, por lo que la consecución de situación (por ejemplo un ruido), interpretación de peligro y por tanto la reacción, es algo muy gravado en nuestro psiquismo que se activaba de forma coherente ante potenciales peligros y que justificaría su permanencia, el simple hecho de estar acertado de vez en cuando, aunque fuera una de mil veces, salvar la vida lo justificaría. El precio es que eso ha quedado fuertemente gravado en nosotros y en el mundo actual en que vivimos, al menos en gran parte de occidente, no hace falta en general, pero la herencia genética nos dota de la posibilidad de reaccionar así.

Si afinamos un poco más y nos centramos en el significado que damos a nuestras interacciones, y cómo este significado, en muchas ocasiones del hombre primitivo era en términos de peligro, pues o peligraba la prole, o la comida, o simplemente el poder, nos encontramos en que llegaba a automatizarse en gran medida la respuesta hostil, impulsiva como algo necesario para la supervivencia. Por otra parte, sin miedo no hay reacción y sin ira y hostilidad se hacen muy difíciles el ataque o la defensa. Es por ello que podemos decir que en el nacimiento de la ira y la hostilidad, está el significado que damos a nuestras interacciones, aunque pudieron en nuestra prehistoria ser estrategias útiles, hoy, en muchas ocasiones, nos perjudican más que lo que nos benefician. En aquel entonces podía resultar útil interpretar como peligrosa la presencia de un miembro de otra horda, porque realmente podía ser así, eso nos llevaría a verlo como persona mala, perjudicial, negativa, etc., etc., y así poder eliminarlo. Los patrones primitivos de pensamiento probablemente se fueron adaptando a aquellas condiciones prehistóricas bajo las cuales la supervivencia dependía de la reacción del individuo, instantánea en muchos casos, sin tiempo de reflexión, frente a la aparente amenaza de algún extraño o incluso de ciertos individuos del mismo bando. Era necesario clasificar a los otros de peligrosos o no, sin ambigüedades y esta manera de clasificar es lo que llamamos el pensamiento dicotómico que observamos en los individuos crónicamente enfadados, muy criticones o exageradamente irritables. Este mismo pensamiento dicotómico observamos que también dirige la conducta de los grupos enfrentados, sean comunidades o naciones.

Si en función de lo que pensamos ante una determinada circunstancia sentimos, y según pensamos y sentimos actuamos, habrá que tener mucho cuidado con los errores de pensamiento que tenemos, ya que como veíamos tenemos ciertos automatismos, impulsos negativos, que el que se manifiesten dependerá de la interpretación que hagamos de los hechos.

Hay muchos tipos de errores de pensamiento, demasiados para tratar de recogerlos en un artículo. Veamos alguno, por ejemplo lo útil que puede resultar aprender a hacer inferencias y por tanto a generalizar, pero a la vez lo peligroso que puede llegar a resultar. Por ejemplo si al cazar a la cría de un animal vemos que la madre reacciona violentamente, podemos generalizar que las madres de otras especies reaccionarán de forma similar. Es decir la generalización nos permite aprender con pocas experiencias, pero como decimos tiene su vertiente negativa y así, cuando algo que hace alguien nos duele, si generalizamos y decimos que tiene mala intención, de este modo justificamos nuestro ataque y sin embargo, es posible, que la persona que nos ha causado un daño, no tuviera intención de causárnoslo.

Es mucho más fácil que nos sintamos agredidos o enfadados cuando llevamos las acciones específicas (“él criticó lo que dije”), a la generalización rotunda (“él siempre me critica”), o al enjuiciamiento (“es un desconsiderado”), para así poder actuar violentamente. Pero en gran medida como vemos son procesos bastante primarios y obsoletos en la inmensa mayoría de situaciones en que se ve envuelto el ser humano en la actualidad, que además tienen la enorme pega de dificultar los arreglos, el entendimiento y la mejora de las relaciones.

Como los sentimientos no son más que la expresión del significado que damos a los hechos, para acabar con la ira y con la violencia, necesitamos aclarar las aberraciones cognitivas y creencias erróneas que llevan a los conflictos personales e intergrupales, más que confiar en códigos morales y cánones religiosos.

Miguel Ángel Ruiz González


martes, 24 de mayo de 2011

Actividades Extraescolares

Cuando no respondemos a los intereses de los niños, sino a las necesidades que los padres tenemos de mantenerlos ocupados, o evitar esos temores que tenemos de que pasen demasiadas horas en Internet, u otras razones nuestras, que hacen que organicemos su vida, es cuando será muy posible que los niños anden estresados. Si estas u otras razones nos llevan a escoger sus actividades extraescolares es muy probable que lo hagamos sin escucharlos y no respondiendo a sus intereses sino a los nuestros, horarios o frustraciones personales. Y como decimos es posible que así no sean felices y se estresen.

Los hijos deben elegir sus propias actividades extraescolares. A partir de los 6 o 7 años de edad conviene, en la medida de lo posible, que se tenga una serie de experiencias con distintas actividades, es decir, exponer al niño a distintas actividades sin tener necesariamente ninguna muy definida, y sin meterse de lleno en ninguna en concreto.

Por otro lado debemos escuchar al niño, ya que puede remitirnos diferentes tipos de problemas o impedimentos a la hora de realizar actividades, como hablarnos de dolor de tripas o de cabeza, decirnos que no quiere ir, vemos que no duerme bien, no quiere comer, etc.… Si el niño practica varias actividades extraescolares, estos pueden ser síntomas de estrés. Hay que escucharles y dejarles elegir. No siempre se puede, pero debemos procurar ir en esta dirección.

Tenemos que pensar que las actividades extraescolares que buscamos para nuestros hijos son siempre con un fin. Aparentemente puede ser una mayor preparación para la vida en general, sin embargo nuestro último objetivo de esa mayor y mejor formación es que sean felices. Porque, ¿para que queremos que tengan una buena cultura, destaquen, tengan un buen futuro o un buen puesto de trabajo? Es obvio y evidente que es porque creemos que así serán más felices, pero ¿estamos seguros de que así la van a alcanzar? En este sentido no siempre les estamos escuchando.

Hay tres aspectos o áreas fundamentales en la educación que son la intelectual, la deportiva -que no se práctica de manera suficiente en los colegios-, y la rama artística. A veces los padres pretendemos que haya una formación integral, en las tres áreas, y eso no siempre es posible.

Cuando el niño es pequeño, el desarrollo intelectual se está trabajando en el colegio, el área deportiva se recomienda empezar a realizarla a partir de los 6 años, y está bien que tomen contacto con alguna actividad artística, por ejemplo la pintura, o la práctica de algún instrumento musical. En cualquier caso hay que escucharles a ellos y no basarnos en las necesidades de los padres.

Si un niño ha de cubrir con  las actividades extraescolares las horas de trabajo que los padres tienen -en muchos casos-, sin duda alguna, el niño estará estresado, porque le tenemos desde las 16:00 de la tarde hasta las 21:00 de la noche haciendo actividades todos los días, y eso, evidentemente es demasiado, sobretodo si pensamos que a esto hay que añadirle el resto de la escolarización.

El problema, el peligro, radica en que si tomamos este tipo de modelos, en que han de hacerlo todo y a fondo, es decir han de aprender idiomas, hacer deporte, arte, etc., -que yo respeto y me parece maravilloso y es estupendo que nuestros hijos tengan la máxima formación-, pero si estos valores los exponemos así, tratando de que nuestros hijos tengan esa máxima formación, que permita que compitan al máximo nivel y alcancen las cotas más altas, creo que ahí corremos un gran riesgo de despistarnos del objetivo último, que como hemos dicho es su felicidad.

Algo que me parece esencial en todo esto, y es que todas las actividades que les buscamos, las queremos para que nuestros hijos sean felices, para su felicidad. Pues bien, lo primero que hay que entender es que la felicidad de un niño, como la de un adulto, es una sensación interna que tenemos, que sentimos y que es provocada por lo que hacemos y pensamos. Entonces, para que un niño pueda atreverse, intentar, ensayar, pensar correctamente y hacer cosas, lo primero que hace falta es que tenga un buen autoconcepto, una buena idea de sí mismo, tiene que confiar, creer en sí mismo, y para ello, es preciso que en las primeras etapas, los 5, 6 o 7 primeros  años de vida, estén muy cerca de los padres, y que los padres sepan, con esa interacción hacer sentir bien al niño.

Hasta esas edades, 5, 6 o 7 años no solo es exagerado, sino negativo que estén tanto tiempo ocupados, porque lo que les hace falta, lo que es primordial, es esa relación estrecha, intensa con los padres. El que un niño crezca sintiendo desde pequeñito que responde a lo que sus padres esperan de él y para eso tiene que haber una interrelación padres-hijos, eso, es básico, eso es fundamental.

Los padres hemos de mostrarles nuestra admiración, afecto incondicional, presencia en sus vidas. Hay que estar, hay que pasar tiempo con ellos. Se pueden realizar actividades de otro tipo, actividades en las que los padres puedan participar y enseñarles, sobre todo cuando son pequeños. Hasta los 7 u 8 años es básica está relación estrecha entre padres e hijos. Posteriormente, 11, 12 años pueden especializarse, pueden empezar a competir a un mayor nivel y luego con 13, 14, los papás les hacemos relativamente poca falta, y de ahí en adelante cada vez menos. Pero en las primeras etapas es exagerado que un niño hasta las 20:00 de la tarde esté ocupado desde las 08:00 de lunes a viernes.

Nos quejamos de que son competitivos, sin darnos cuenta de que son un reflejo de lo que socialmente estamos viviendo y haciendo, enseñándoles y trasmitiéndoles. Desde luego, como muchas veces nos comentan los padres, no tenemos los hijos con un manual sobre cómo educar. De ahí la enorme importancia que tiene el que los padres nos formemos sobre educación. Aconsejaría a todos los padres y madres que se animasen a asistir a las Escuelas para Madres y Padres que cada vez más proliferan en nuestra sociedad.

Dependiendo de las edades, esas actividades extraescolares, tienen que formar parte del juego, tienen que ser planteadas como un juego y desde luego, actividades como las artes marciales, son buenas, llevan la disciplina, les relaja, les enseña valores humanos importantes, la obediencia, etc., me parece estupendo, pero para nada sustitutivas de la estrecha relación padres hijos que ha de haber especialmente en las primeras etapas del desarrollo.

Miguel Ángel Ruiz González


miércoles, 6 de abril de 2011

El Miedo y las Fobias

Existe una tendencia a considerar el miedo como algo negativo, esto ocurre porque su manifestación va acompañada de sensaciones algo molestas como pueden ser aceleración cardíaca, respiración agitada, etc., también se da al mismo tiempo un pensamiento, una representación interna del peligro al que estamos expuestos, como por ejemplo “me voy a matar, me va a dar algo, me puede hacer daño…”. A pesar de todo eso, se trata de una emoción saludable en la medida en que prepara nuestro organismo para reaccionar ante el peligro que nos acecha, o evitar la circunstancia peligrosa en la que nos podemos ver envueltos, es decir, el miedo sería lo que pensamos, el cómo valoramos la situación, más la reacción que produce nuestro cuerpo para prepararnos para luchar o huir.

Otra cuestión es cuando éste, el miedo, llega a tal intensidad que puede paralizarnos, o bien que la circunstancia temida, objetivamente no encierre peligro, como por ejemplo montar en un vehículo, subir en un ascensor, salir de casa, etc., si además la persona lleva un tiempo evitando esa situación y esa evitación interfiere una vida normal, y todo ello va acompañado de un grado considerable de sufrimiento, en este caso podemos decir que nos hayamos ante una fobia.

De todas las maneras, una de las diferencias entre miedo y fobia se daría, aparte de por la ausencia de peligro objetivo, por la instauración de la conducta de evitación. Por ejemplo, supongamos que una persona tiene un percance en un ascensor, como quedarse encerrado o una caída, lo más probable es que la próxima vez que vaya a montar sienta miedo o una cierta inquietud, pues bien si a pesar del miedo sube y repite esta acción siempre que lo precisa, el miedo -y no fobia-, se irá disipando, pero en el caso contrario, si por la inquietud o miedo que siente, decide no subir en ascensor y sí hacerlo por las escaleras, automáticamente se calmará, esta calma será un refuerzo positivo, un premio a la conducta de no montar y hemos de saber que toda conducta seguida de un refuerzo positivo tiende a aumentar su frecuencia, a repetirse. Por otro lado si sube andando tendrá que justificarse a sí mismo el por qué lo hace, por lo que la idea de que hay un gran peligro en los ascensores, irá cobrando más y más fuerza en la medida que se vayan repitiendo las evitaciones, por este camino sí que se produce lo que llamamos fobia.

El tratamiento consistirá en el afrontamiento de la circunstancia temida, que en el ejemplo anterior sería viajar en el ascensor. Esto lo podemos hacer de dos maneras, que serían la inundación -técnica que no se utiliza más que en aquellos casos en que la fobia está empezando y estamos absolutamente seguros de la posibilidad de afrontar lo temido por parte de la persona-, o la desensibilización sistemática.

La inundación sería enfrentarle sin más dilación a lo temido, por ejemplo hacerle subir en ascensor diez pisos y repetirlo hasta acabar con toda o casi toda inquietud. La desensibilización consistiría en desgranar la meta objetivo -por ejemplo viajar 10 pisos- en submetas, como por ejemplo, el primer día llamar al ascensor, abrir la puerta y entrar sin que llegue a cerrarse, el segundo día lo mismo y permanecer dentro unos segundos, luego subir un piso, etc., hasta llegar al objetivo.

Si la fobia es tan incapacitante como para no poder realizar el más mínimo enfrentamiento, estaría aconsejada la desensibilización sistemática imaginada, que es una técnica en la que la persona previamente a la realidad de subir en ascensor, vive mentalmente la situación temida en estado de relajación y de forma gradual, o sea en varios días y poco a poco, siempre empezando por algo fácil para así llegar a lo más temido -los diez pisos-. Para ello habría que enseñar a la persona relajación, y esto es aconsejable en cualquier fobia e independiente del tipo de tratamiento -de los indicados-, que se vaya a poner en marcha.

Otro aspecto importante de la terapéutica es la realización de terapia cognitiva, que sería la técnica que lleva a la persona a la determinación de aquellos pensamientos que acompañan la situación temida, lo que llamamos lenguaje interno y el conocimiento de la influencia de dichos pensamientos en lo que siente, sea pánico, tristeza, etc. Esto es muy importante, ya que lo que pensamos , la forma concreta de hacerlo, las palabras, imágenes, que tenemos o nos decimos a nosotros mismos, son las que producirán la emoción y dependiendo de ésta, de lo que sintamos más o menos intensamente, actuaremos. A modo de ejemplo y siguiendo con el ascensor, una persona con fobia, ante la puerta del ascensor podría pensar: “seguro que me quedo encerrado…”, “mira que si se cae o me desmayo…”, etc., pensando de este modo, y especialmente sin darse cuenta de ello y de su influencia, lo más normal es que se ponga muy nervioso y que opte por subir por las escaleras. Por tanto, la terapia cognitiva, sería un aspecto relevante a contemplar en todos los trastornos de índole neurótica, es decir, en los trastornos en los que se sufre más de lo que objetivamente merecen las circunstancias. Conocer el contenido de estos pensamientos, nos va a dar datos importantes sobre el por qué sufre la persona -insistimos en que una característica relevante de las fobias es lo irracionales que son, por consiguiente habrá que conocerlos-, a estos pensamientos los llamamos pensamientos negativos, no porque produzcan y mantengan una emoción negativa, como ira, tristeza, o miedo, sino porque suelen ser falsos o inútiles, aunque nos los estemos creyendo con toda rotundidad. En el análisis de estos pensamientos, identificaremos el tipo de error o errores de pensamiento que comete la persona y entonces le podremos ayudar a racionalizar y a aplicar recursos para modificarlos, o al menos para que no actúe evitando afrontar lo temido, ya que será la experiencia exitosa la que producirá la modificación definitiva del pensamiento negativo.

Para concluir diremos que las fobias, con un tratamiento integral de terapia cognitiva, relajación y desensibilización sistemática o autoexposición, tienen muy buen pronóstico, lógicamente si la persona es guiada por un profesional que previamente estudiará su psicología, para después diseñar un plan específico de tratamiento adecuado a su problemática concreta.

Miguel Ángel Ruiz González


info@psicologosbilbao.es