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miércoles, 17 de abril de 2013

CUENTOS INDIOS: El viajero sediento


Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.

Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
- ¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
- ¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

El Maestro dice: La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

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viernes, 22 de marzo de 2013

CUENTOS INDIOS: La Elocuencia del Silencio



Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

- Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
- No, señor -repuso el barquero.
- Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
- Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
- No, señor, no sé nada de plantas.
- Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
- Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?
- No, señor, nada sé al respecto.
No sé nada de estas aguas ni de otras.
- ¡Oh, amigo! -exclamó el joven- de verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
- Señor, ¿sabes nadar?
- No -repuso el joven.
- Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.

El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría.



lunes, 11 de febrero de 2013

CUENTOS INDIOS: Ni tú ni yo somos los mismos


El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.

Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.

Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
- ¿No estás enfadado, señor?
- No, claro que no.
Sin salir de su asombro, inquirió:
- ¿Por qué?
Y el Buda dijo:
- Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.

El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.


lunes, 21 de enero de 2013

CUENTOS INDIOS: Sólo se necesita miedo



Había un rey de corazón puro y muy interesado por la búsqueda espiritual. A menudo se hacía visitar por yoguis y maestros místicos que pudieran proporcionarle prescripciones y métodos para su evolución interna. Le llegaron noticias de un asceta muy sospechoso y entonces decidió hacerlo llamar para ponerlo a prueba.

El asceta se presentó ante el monarca, y éste, sin demora, le dijo:
- ¡O demuestras que eres un renunciante auténtico o te haré ahorcar!
El asceta dijo:
- Majestad, os juro y aseguro que tengo visiones muy extrañas y sobrenaturales. Veo un ave dorada en el cielo y demonios bajo la tierra. !Ahora mismo los estoy viendo! ¡Sí, ahora mismo!
 - ¿Cómo es posible -inquirió el rey- que a través de estos espesos muros puedas ver lo que dices en el cielo y bajo tierra?
Y el asceta repuso:
 - Sólo se necesita miedo.

  *El Maestro dice: Caminar hacia la Verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso sólo algunos se comprometen con la Búsqueda.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Nuevo Ocio Es Creativo

Artículo de el diario El País, para el que fue consultado Miguel Ángel Ruiz González


Para los que no se conforman con que sus hijos pasen el fin de semana ante la televisión o la videoconsola, la oferta de cursos con contenidos artísticos y culturales llegan al rescate.


Hay niños que los fines de semana juegan con arena, cubo y pala; otros que pasan la tarde en el centro comercial, entre bolsas de palomitas, cine y bolera; también están los que se desahogan en una piscina de bolas, los que recorren el carril bici de los parques urbanos o los que trotan al ritmo de sus padres en rutas de senderismo. Pero también hay niños cuya agenda de ocio parece diseñada para que forme parte de su futuro currículo profesional: talleres, cursos, seminarios, exposiciones y todo tipo de quehaceres encaminados a dotar de contenido artístico o cultural su tiempo de juego.

La oferta de actividades dirigidas a ellos se ha diversificado en los últimos años hasta límites insospechados. Una vez superada la tartera bajo los pinos del tradicional plan dominguero, los padres comenzaron a demandar otras posibilidades y fueron surgiendo propuestas de ocio infantil cada vez más sofisticadas: de las películas Disney a talleres de cine mudo para niños –se han hecho en la Mostra de Cinema Periférico de A Coruña, en el Musac de León y en el Centro Conde Duque de Madrid–; del circo tradicional a los espectáculos y talleres llenos de luz y sombra que propone Teatres de la Llum (www.teatresdelallum.com); de las marionetas en el Retiro a talleres multidisciplinares de teatro, danza y performance, como los realizados en el centro cultural La Regenta de Las Palmas de Gran Canaria (www.laregenta.org).

Tres son las palabras talismán de muchas de estas propuestas: taller, creatividad e imaginación. Un par de ejemplos: en Barcelona, The Private Space Kids (www.theprivatespacebcn.com) se define como un espacio que, «a través de actividades y talleres, fomenta la imaginación trasladándola a distintos soportes, de manera que los niños pueden dar salida a todo un proceso de creación y ver cómo sus ideas pueden materializarse». En Madrid, Muakbabi (www.muakbabi.com) realiza talleres infantiles de creatividad y diseño «para potenciar las habilidades creativas de niños y niñas, usando el diseño como vehículo de transmisión de valores artísticos y de procesos creativos de pensamiento».

ncluso las fiestas de cumpleaños llegan a envolverse en este planteamiento, como los talleres creativos de yoga, teatro, danza, fotografía o manualidades que propone Villa Peluka (www.villapeluka.com), los de Little Big Kids (www.littlebigkids.es), en los que se imparten talleres como La vuelta al mundo for kids, Arte for kids, El Antiguo Egipto for kids, o los que proponen los espacios Baby Deli –una de sus socias fundadoras es Carolina Herrera– en los que «la ecología y el respeto por el medio ambiente en todo lo relacionado con los niños son sus pilares básicos».

Las propuestas son casi infinitas y muchas de ellas nos dibujan un panorama de padres preocupados no solo por entretener a sus hijos, sino por conseguir que ese entretenimiento, además, sea rico culturalmente o potencie sus capacidades. Y esto puede entrañar sus riesgos, como señala la psicóloga Pilar Valera, autora del libro Timida-mente, quien parte de una premisa: «El hecho de que unos padres se interesen por buscar actividades para compartir con sus hijos es un excelente punto de partida, pues la unión de los niños dentro de la familia, especialmente en los primeros años, es esencial. Ahora bien, la educación en esa etapa no se traduce necesariamente en adquirir conocimientos, sino en modos de aprender a vivir: se puede aprender haciendo origami o con cine de autor, sí, pero también con una película de dibujos o amasando rosquillas en casa mientras hablas con ellos».

Los árboles no crecen tirando de las hojas es el título de una obra del psicólogo y pedagogo Miguel Hoffmann, y a esta metáfora se acoge Joan Domènech, director de la Escuela Fructuòs Gelabert, cuando explica que «cualquier aprendizaje antes de tiempo y en un contexto artificial puede contentar a los padres en un primer momento, pero también puede dar problemas en el futuro, pues propicia que el niño se salte alguna fase en su desarrollo». Domènech, autor de La educación lenta, sugiere «sustituir la idea tradicional de que “el niño aprende jugando” por otra más potente, la de que “el niño que no juega no aprende”. Los pequeños necesitan tiempo para ellos y para jugar libremente, sin actividades dirigidas por mayores, para adquirir aprendizajes que les van a ser necesarios en la vida. A veces confundimos las cosas y les damos juegos didácticos en demasía, cuando a lo mejor lo que necesitan es cubo, pala y arena. Sin más».

A veces, advierten los expertos, en esta búsqueda de actividades un tanto elitistas corremos el riesgo de dejarnos llevar por el esnobismo y subestimar los juegos más simples, por considerarlos poco educativos, poco enriquecedores. «No es conveniente que los padres identifiquen sus inquietudes culturales o intereses particulares con los de sus hijos, ni que piensen que son monigotes capaces de absorber todo. Recordemos que los pequeños no saben expresar bien sus emociones y, a lo mejor, les estamos dando mucha tralla», señala Pilar Varela. El psicólogo Miguel Ángel Ruiz señala que, a la hora de escoger actividades, «hay que dejarles elegir, contar con ellos, escucharles. Si les ofrecemos algo muy denso, que sea propio de su edad, que haya otros niños y, en la medida de lo posible, participen con ellos. Si vemos que el crío disfruta, adelante; si se aburre, dejémoslo. Y tenemos que tener en cuenta la edad: no es lo mismo los cuatro años que los nueve».

El «una de cal y una de arena» es lo que sugiere Miguel Ángel Ruiz, quien explica que «no hay por qué rehuir actividades culturales, pero tampoco hay por qué demonizar las películas de Disney. Lo importante es recordar que el niño debe tener un espacio de expansión propio». Por último, Joan Doménech propone que «nos relajemos con nuestros hijos, juguemos con ellos, paseemos y no les dejemos a solas con su juguete tecnológico. Y es esencial que jueguen con sus amigos sin que estemos los adultos detrás dirigiéndoles y organizándoles su diversión».



miércoles, 28 de noviembre de 2012

El día que me convertí en mi padre


Artículo de ElConfidencial.com en el que participó Miguel Ángel Ruiz González

A todo adulto le ocurre tarde o temprano. Un buen día, colmada su paciencia, se descubre regañando acaloradamente a su hijo a través de unas palabras que le resultan familiares, aunque en un primer momento no consiga ubicarlas del todo. Comienza a preguntarse dónde las ha oído antes. Y entonces, se da cuenta: acaba de pronunciar las mismas palabras que su padre le dedicó en el pasado, aquellas que tanto detestaba y que se prometió que nunca utilizaría. De entre todas estas expresiones, probablemente la más repetida sea aquella de "cuando seas mayor entenderás lo que he hecho por ti". Y, efectivamente, es en el momento en que entramos de lleno en la edad adulta y hemos de afrontar nuestras responsabilidades paternales cuando comenzamos a comprender y reproducir, muchas veces involuntariamente, aquellas actitudes de nuestros progenitores que en su día consideramos inadecuadas, inútiles o anticuadas. Coks Feenstra, psicóloga infantil y autora de El Gran Libro de los Gemelos, El hijo superdotado, (Ediciones Médici) y ¿Por qué llora mi bebé?(Temas de Hoy), coincide: "todos los padres perciben que, a la hora de educar, les vienen las frases que escucharon de niños, ¡y que seguramente se habían propuesto no repetir nunca!"

Es el final de un proceso que se ha ido anunciando inadvertidamente. La primera señal suele ser biológica, cuando confrontados con la imagen que nos devuelve nuestro espejo, vemos una buena mañana asomar rasgos bien familiares. El siguiente paso es de la toma de conciencia psicológica, algo que se produce cuando reparamos en que muchas de nuestras pequeñas manías lo fueron antes de nuestros progenitores o cuando alguien cercano nos señala que esos comportamientos que entendíamos propios de nuestro carácter no son más que imitaciones de otros que vimos en nuestros padres.

Resulta inherente a la juventud rechazar gran parte de aquello que nos ha sido enseñado a través de la tradición y las instituciones. Y, por la cercanía personal y distancia generacional, probablemente la figura paterna/materna sea la que suscite mayores críticas. Todo hijo se propone hacerlo mejor que ellos y no caer en los mismos errores, un rechazo que es parte del proceso natural de conformación de la identidad. Joseph Campbell señala, en El héroe de las mil caras, que una parte esencial del viaje del héroe mítico es el enfrentamiento final con el padre, para ocupar finalmente el lugar de éste. Es decir, convertirse él en aquello que se rechazaba.  Quizá sea el mito de Edipo el que haya articulado de forma más clara esta idea: Edipo está destinado a ocupar el lugar de su padre tarde o temprano y convertirse así en el rey de Tebas. El mito detalla cómo, por mucho que lo intente, le será imposible escapar de este sino prefijado.

Mejores que nuestros padres

Es en la educación de nuestros hijos donde esta situación probablemente se manifieste de forma más explícita. Feenstra apunta que se trata de algo esperable, "es el modelo que nos quedó grabado en su memoria y con el que nos sentimos familiarizados". Dado que la paternidad es un proceso que se aprende sobre la marcha, recurrimos a la experiencia a la hora de afrontar nuevas tareas. El psicólogo Miguel Ángel Ruiz González coincide en que se tienden a repetir los modelos educacionales de los padres, pero al mismo tiempo añade que "en ocasiones se da una reacción absolutamente inversa. Precisamente por haber sufrido a un padre agresivo, muchas personas nunca se han atrevido a poner la mano encima a sus hijos. Otro ejemplo sería el de quienes crecieron con padres ausentes, que luego han estado extraordinariamente presentes en la educación de sus hijos, llegando incluso a sobreprotegerles".

Stephan B. Poulter identifica en su ensayo Father Your Son lo que denominael patrón de las tres generaciones, una estructura que pone en relación a padres, hijos y nietos a través de la repetición de comportamientos educativos. Dice Poulter que parte del legado más importante que trasladamos a nuestros retoños es la forma en que los hemos criado. La influencia enorme que los padres procuran no tiene tanto que ver con una determinista herencia genética como con un proceso de aprendizaje en una época tan crítica como es la infancia, cuando la identidad que procura la familia es un factor básico, lo que provoca que, generación tras generación, determinadas actuaciones acaben repitiéndose.

Sin embargo, esto no implica que haya que adoptar una visión fatalista ante la influencia que hemos recibido. Es importante entender que en este asunto no hay determinismo, que si tomamos consciencia de los errores no estamos abocados a repetirlos, que es en nuestra capacidad de poder decidir lo que queremos donde reside nuestro rol más importante como padres. Deberíamos plantearnos la paternidad más como un proceso de perfeccionamiento inacabable e intergeneracional que como el rechazo o sumisión absoluta a lo recibido. Transmitir una herencia educativa mejor que la que nos ha sido aportada es un gran triunfo, máxime si contribuimos a que nuestros descendientes continúen esta cadena de forma que posteriores generaciones puedan contar con una educación sentimental y afectiva más sólida que la que nosotros tuvimos.

Feenstra apunta que esa es una prueba de autosuperación. “Aunque no sea imposible, tampoco es fácil mejorar lo recibido. Y hemos de ser conscientes de que en esa tarea cometeremos errores que nuestros hijos se verán obligados a enmendar. Es la rueda de la vida". Miguel Ángel Ruiz coincide con esa perspectiva, señalando que "cuando los hijos crecen de forma sana, acabarán por reconocer y por perdonar las equivocaciones que cometieron sus padres. Esa, que es la mejor manera de madurar, es también la mejor forma para evitar que se repitan”.

El abuelo encantador

El adulto se enfrenta a un problema añadido dentro de esta irremisible transformación, ya que un proceso paralelo está teniendo lugar; mientras el tiempo le va acercando física y mentalmente a sus progenitores, éstos están convirtiéndose en figuras totalmente distintas de aquellas que conocieron en la infancia y juventud. En muchos casos, aquel hombre que se comportaba como un intransigente déspota pasa a convertirse en un tierno abuelo que consiente todos los caprichos. Debido a que la responsabilidad primera de la crianza no recae sobre él, puede abordar la relación con su nieto desde una perspectiva muy diferente a la que mantuvo con su hijo, algo que a éste no deja de resultarle llamativo (y en ocasiones incluso molesto). Pero estas situaciones deben ser percibidas también como escenarios de reconciliación con aquel padre al que en su día no conseguimos entender o al que veíamos como manifiestamente irracional por poner trabas a nuestra libertad. Cuando hemos de asumir obligaciones paternas, las tornas se giran y  comenzamos a entender por qué se comportaban así y hasta qué punto aquellos límites eran necesarios. Según Feenstra, "convertirse en padres suele significar el comienzo de una nueva relación. Ahora los hijos entienden mejor lo que vivieron, ya que sienten en carne propia lo que es la preocupación, el miedo y la vulnerabilidad que implican la crianza, y gracias a ello, la vida de muchas familias se vuelve mucho más armoniosa. Además, ahora tienen algo en común: el amor al hijo, al nieto".

El escritor americano Mark Twain, en una de sus más celebres sentencias, resumía con su característico sentido del humor este proceso de relevo generacional al señalar que "cuando tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarlo. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años". Si nuestros retoños no nos parecen comprender, no temamos: llegará el día en que crezcan y que ellos mismos se conviertan en padres, y la rueda habrá dado una vuelta completa una vez más.ç